Las antípodas y los antípodas

Ya hemos explicado aquí que durante la Edad Media todas las personas instruidas en Europa sabían que la Tierra era una esfera. A Gautier de Mertz, por ejemplo, no le cabía ninguna duda en 1245 de que dos caminantes que echaran a andar en direcciones opuestas acabarían encontrándose en un punto diametralmente opuesto:

Nuestros dos caminantes, estarían además, cabeza abajo y con los pies por lo alto: se habrían convertido en antípodas (del griego anti: “opuesto” y pous, podós: “pie, del pie”). Lo que no tenían tan claro Gautier y sus contemporáneos era si ese viaje sería posible en la práctica. Ya Aristóteles había dividido la Tierra en cinco zonas climáticas: dos zonas templadas y dos zonas frígidas (una en cada hemisferio) y una zona tórrida alrededor del ecuador. Sólo las zonas templadas eran habitables, decía. Adentrarse en la zona tórrida supondría seguramente la muerte, de modo que nunca podríamos conocer a nuestros congéneres antípodas.

El filósofo Crates de Malos, célebre por haber construido el primer globo terráqueo en el siglo II a.d.C., imaginó que esa zona tórrida estaría ocupada por el mar, un océano infranqueable y abrasador.

Que las antípodas (la región opuesta a nosotros en la esfera terrestre) existían estaba fuera de duda. Otra cuestión muy diferente es si existían los antípodas (sus inalcanzables habitantes). Griegos y romanos tendían a pensar que sí, pero con el cristianismo la balanza se inclinó al lado contrario.

Dado que somos todos descendientes de Adán y Eva, el paraíso terrenal tuvo que estar en el hemisferio norte. Si la zona tórrida es intransitable, la existencia los antípodas presentaría importantes problemas teológicos: habría una segunda humanidad incomunicada de nosotros y no descendiente de Adán. ¿No estarían entonces manchados por el pecado original? Tal cosa parecía imposible. Pero si eran pecadores, al no poder ser evangelizados estarían irremediablemente condenados… a no ser que Cristo se hubiera encarnado también en un antípoda. Ambas alternativas parecían igualmente inaceptables, por lo que lo más sensato era concluir que las antípodas estaban deshabitadas, aunque pudieran por supuesto vivir en ella animales o monstruos.

Tal fue el razonamiento del ilustre Alonso de Madrigal (llamado El Tostado), obispo de Ávila en a mediados del siglo XV y uno de los hombres con mayor fama de sabio de su época en España.

Algunos historiadores poco escrupulosos, y muchos divulgadores científicos, se han fijado en esa descalificación de los antípodas para decir que El Tostado (y otros cristianos ilustres como San Agustín) consideraban absurda la existencia de las antípodas, y por tanto que la Tierra fuera redonda. Al fin y al cabo, estos ignorantes debían de encontrar ridículo que alguien pudiera andar patas arriba, ¿no?

Naturalmente no eran tan ignorantes, sólo que para ellos los conceptos que importaban no eran los mismos que para nosotros. A mí lo que me asombra no son sus preocupaciones teológicas, sino que su fe en Aristóteles parecía ser tan firme como su fe en la doctrina cristiana. Porque, si no, ¿cómo se explica que no contemplaran la alternativa de que la zona tórrida no fuera tan infraqueable? Una alternativa que cortaba el nudo gordiano antipódico (puesto que los antípodas podían ser descendientes de Adán)…, y que ya se estaba demostrando correcta cuando El Tostado escribía: por aquel entonces, los marineros portugueses ya se habían  adentrado en el trópico, al sur del mítico Cabo Bojador, y habían vuelto sanos y salvos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s