El “De Tales a Newton” de Steven Weinberg

Que Steven Weinberg, uno de los físicos vivos más notables (y por supuesto premio Nobel) saque un nuevo libro es una noticia. Que ese libro tenga el mismo planteamiento que De Tales a Newton, es, para este blog, un acontecimiento. Como conté en el post anterior, se titula To Explain the World, y ahora toca reseñarlo.

To explain the world

Empiezo con un juicio rápido, para los lectores apresurados. To Explain the World es un gran trabajo, pero para que nadie se llame a engaño hay que hacer dos advertencias: no es un libro para todos los públicos, ni es el libro que esperaríamos de Weinberg. Esto hace que, siendo por momentos magnífico y decididamente recomendable a los interesados en la historia de la ciencia, resulte a la postre una obra un tanto malograda.

Lo que Weinberg quiere, nos lo dice en el prólogo, es entender cómo llegamos a nuestro concepto actual de ciencia. En sus propias palabras, how we came to learn how to learn about the world: cómo aprendimos cómo aprender sobre el mundo. Se centra en la historia de la física y de la astronomía, porque fueron los campos en los que surgió la ciencia moderna, y detiene su recorrido histórico en Newton porque en él ya reconocemos la ciencia actual, plenamente formada.

No puedo estar más de acuerdo con este planteamiento (¡es del de De Tales a Newton!), y Weinberg lo desarrolla con acierto y claridad. Pero, no sé si por voluntad propia o por la de los editores, lo hace sin ecuaciones y, lo que es peor, sin un solo dibujo. Unas y otros han sido relegados a un largo apéndice de “Notas técnicas” al final del libro. Son casi cien páginas (en la edición que he manejado) que desarrollan en detalle aspectos que no son esenciales para la comprensión del texto principal.

El problema es que los aspectos que sí son esenciales se quedan sin fórmulas ni figuras. Y por muy bien que se explique Weinberg (que lo hace muy bien) un lector normal, que llegue al libro sin una idea clara de cosas como los movimientos de los astros en la esfera celeste, el concepto de paralaje estelar o, peor aún, la teoría de las esferas homocéntricas de Eudoxo… se va a perder irremediablemente. Y si el lector deja ser capaz de seguir la lógica interna de los descubrimientos, el libro pierde toda su gracia: se convierte en una historia de la física convencional, tirando a académica.

Lo que nos lleva a nuestra segunda advertencia. De Weinberg esperaríamos una visión más personal, que pusiera en valor su experiencia de físico de primerísima fila. Hay ciertamente observaciones muy interesantes aquí y allá, pero el autor no ha aprovechado la libertad que le otorga no ser historiador para salirse del corsé cronológico y dibujar su tesis con trazos más vigorosos.

Porque sí que hay una tesis: que la ciencia tal como la conocemos no es una visión natural del mundo, sino, por el contrario, el fruto de dos mil años de esfuerzos por entender el mundo, en los que hemos ido aprendiendo qué tipo de preguntas dan respuesta fructíferas y cuáles son los métodos para encontrar esas respuestas. Por ejemplo: las preguntas sobre la finalidad que eran esenciales para Aristóteles no han sido fecundas y las hemos abandonado, igual que los métodos puramente racionalistas de Platón o Descartes.

Podríamos aquí apuntar que Weinberg no matiza que el hecho de que esas preguntas y esos métodos no hayan funcionado en las ciencias naturales no los descalifica en todos los campos del saber humano, que es mucho más amplio. Hay un cientifismo implícito en su planteamiento, pero Weinberg no carga las tintas en la ideología y nosotros tampoco vamos a hacerlo aquí.

Más importante es que la tesis de la “no naturalidad” de la ciencia no se transmita con suficiente fuerza. Weinberg ha optado por explicar la ciencia del pasado usando los conocimientos y marco conceptual del presente. Reconoce que al hacerlo los historiadores le van a acusar de whig (¿qué es esto? véase aquí), pero se defiende argumentado que en la ciencia hay progreso, así que, aunque nuestras teorías actuales no son seguramente las definitivas, sí son indudablemente mejores que las del pasado, y proporcionan por eso un término de comparación adecuado para juzgarlas. Sabemos, por ejemplo, que la ciencia de Aristóteles fue un callejón sin salida, y no sirve para defenderlo alegar, como hacen muchos académicos contemporáneos, que “funcionaba bien para responder a sus preguntas, aunque no a las nuestras” porque hoy sabemos que nuestras preguntas son las pertinentes.

No voy a entrar aquí en el debate whig vs. no whig: se han escrito miles de páginas y no es el momento de añadir una más. Yo no diría que Weinberg peque en exceso de whig en este libro (para saber lo que es un whig de verdad hay que leer a Carl Sagan). Sin embargo, creo que su enfoque malogra su proyecto. Hoy hemos sido educados desde pequeños en la visión de la ciencia moderna. Para entender de verdad lo sorprendente y creativo de esta visión, lo primero es darse cuenta de que hay otros enfoques más naturales y que a priori parecen tan coherentes como el de Newton y Galileo. No basta decir que Aristóteles era muy inteligente y sin embargo veía las cosas de otra manera, como se dice varias veces en el libro. Es cierto, pero son palabras muertas mientras el lector no vea el mundo con los ojos de Aristóteles. Sólo de esa manera entenderá lo revolucionario que fue el punto de vista de la ciencia moderna y lo difícil que fue adoptarlo.

Eso es lo que he intentado hacer en De Tales a Newton. Pero la autopropaganda la dejo para otro post 😉

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