Categoría: Periódicos

¿Superluna?¡Na!

Seguro que ustedes, como yo, han oído hablar mucho de la “superluna” estos días. Los medios nos han bombardeado con noticias como ésta…

superlunabbc

…acompañadas invariablemente de imágenes como ésta:

superlunaelpais

Impresionante, ¿verdad? Pero si usted ha salido por la noche a contemplar ese disco gigantesco, se habrá llevado una desilusión. Aquí tienen la foto que hice yo hace un par de noches, desde mi calle:

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Es curioso que en esta sociedad en la que parece reinar el descontento nadie haya protestado: ¿Dónde está la Superluna que nos prometieron? ¡Esto es un timo!… etc. Parece que lo que dice “la ciencia” merece la misma fe ciega que en otros tiempos se reservaba a la religión: se acepta que la Luna era enorme estos días incluso en contra de la evidencia de los sentidos (salvo para unos cuantos irreductibles en twitter…)

Como suele pasar con las noticias científicas de los periódicos o la TV, el caso de la Superluna nos enseña poco sobre ciencia y mucho sobre los medios. La ciencia aquí es muy sencilla: como la órbita de la Luna es ligeramente elíptica, su distancia a la Tierra (en miles de km) varía entre un mínimo de 357 (perigeo) y un máximo de 406 (apogeo). Si el perigeo coincide con la Luna llena, ésta se verá más grande, porque está más cerca. El efecto es pequeño: la distancia media de la Tierra a la Luna son 384,4 miles de km, así que en el perigeo sólo está un 9,3% más cerca y su radio aparente es un 9.3% mayor que el radio promedio. Como el área es proporcional al cuadrado del radio, la superficie que parece tener la Luna (y por tanto la luz que refleja) es un 14% mayor del promedio.

Nada del otro mundo, la verdad… Aquí tienen una imagen sacada de la wikipedia comparando una “Superluna” con una Luna promedio:

superlunawikipedia

Entonces, ¿a qué tanto bombo en los medios? Hay una explicación breve, tan breve que sólo requiere una palabra: sensacionalismo. Con un hecho trivial (la Luna está un poco más cerca y parece un poco más grande) fabricamos una historia que nos tiene entretenidos varios días, ocupa espacio y consigue clicks. Y cuando ha pasado el boom, podemos hacer nuevos artículos comentando que no era para tanto… Un chollo para el periodista, que puede crear todo este contenido sin tener siquiera que levantarse de la silla.

Hay añadir también que, como se explica aquí, en este sensacionalismo tiene su parte de culpa la NASA, cada vez más presionada para vender ciencia con cualquier excusa (¿Cuántas veces se ha encontrado agua en Marte?)

Ahora bien, quizá esté usted pensando que, si la Superluna es un timo, ¿de dónde salen esas fotos tan espectaculares?

La solución, en el próximo post.

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Charles Townes y la injusticia de la fama

Si la fama es siempre injusta, con los científicos lo es mucho más. Pregunten a los españoles y les dirán a lo sumo dos nombres: Stephen Hawking (cuya fama se debe sobre todo a padecer ELA y a sus declaraciones de teología-ficción) y Eduard Punset (que no es científico sino economista, pero que lleva los pelos a lo Einstein).

Pregunten a cualquiera por Charles Townes, por ejemplo, y su interlocutor, como mucho, les responderá ¿Charles qué? Y sin embargo, es muy probable que esa persona, ese mismo día, haya usado el invento de Townes: quizá en la oficina ha impreso unos folios, en casa ha visto un DVD o escuchado un CD, o ha enviado un whatsapp que, en algún momento, ha sido un pulso de luz láser en una fibra óptica. ¡Hasta yo hice mi tesis sobre el invento de Townes!

En efecto: Charles Townes fue el padre del láser, hazaña por la que recibió el Nobel de Física en 1964. Hay que matizar que no fue el único inventor: los pioneros rusos Nikolai Basov y Aleksandr Prokhorov compartieron el premio, y debemos añadir a su colaborador Arthur Schawlow y a Theodore H. Maiman, el primero en fabricar un láser operativo. Pero el papel decisivo lo jugó Townes, y así lo ha reconocido la comunidad científica.

La historia acaba poniendo a cada uno en su lugar, y yo confío en que dentro de 100 años Townes será por fin más reconocido que Belén Esteban. Mientras tanto, les dejo mi granito de arena: la necrológica que me encargó el ABC y que salió publicada el pasado viernes. El texto de la web lo he copiado a continuación, y la versión en papel está en este pdf.

Descanse en paz uno de los grandes del siglo XX.

*

Adiós al físico que consiguió disciplinar la luz con su invento del láser

Día 30/01/2015 – 11.32h

Los fotones de la «luz coherente» del láser son como una tropa de soldados marchando en formación, listos para abordar cualquier misión: leer un DVD o cortar una plancha de acero

El libro de los Proverbios dice de la sabiduría: «Larga vida hay en su mano derecha, en su mano izquierda, riquezas y honra». Seguro que Charles Townes, que fue toda su vida un devoto cristiano, conocía bien un versículo que parecía escrito para él. Vivió (casi) cien años, fue uno de los físicos más respetados del siglo XX, y aunque no consiguió grandes riquezas para sí mismo, su invento, el láser, mueve hoy cada año cerca de 20 mil millones de dólares.

Cuando en 1958 publicó su artículo «Infrared and optical masers», Townes no tenía en mente los CDs, las impresoras láser, las comunicaciones por fibra óptica, las armas de la «guerra de las galaxias» (la del cine y la de Ronald Reagan) o la cirugía ocular. Y mucho menos el último gran éxito: la depilación láser.

Townes había pasado la guerra desarrollando sistemas de radar, lo que le había convertido en un experto en microondas, y su objetivo era usar esta radiación para estudiar moléculas en lugar de detectar aviones enemigos. Pero tenía un problema: necesitaba una fuente de radiación intensa y pura, algo que parecía imposible de conseguir. Una mañana, de viaje en Washington, se despertó antes de tiempo, y se sentó en un parque, esperando que se hiciera la hora del desayuno en el hotel. Allí, en un momento de inspiración, vio de repente la solución. Apuntó la idea en un trozo de papel y de vuelta a la Universidad de Columbia se puso a trabajar. Dos años después había creado, con sus colaboradores, el primer máser de amoníaco. Cinco años más tarde, con su cuñado Arthur L. Schawlow, consiguió el mismo efecto de amplificación con luz visible: el máser (con m de microondas) se había convertido en láser (con l de luz: es el acrónimo de Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation).

Cuando se emite luz, es porque en un átomo un electrón «cae» de un nivel de alta energía («excitado») a otro de baja energía, y esa energía sobrante se desprende en forma de fotones. En un objeto caliente, como el filamento de una bombilla, hay muchos electrones «excitados», pero esa emisión, aunque sea intensa, es desordenada: el equivalente óptico de un ruido, ondas de frecuencias diferentes y mutuamente desfasadas al azar. En aquel banco del parque, Townes cayó en la cuenta de cómo fabricar un diapasón óptico: una fuente emisora de una frecuencia absolutamente pura. La idea era usar la emisión estimulada, un sorprendente fenómeno que había sido predicho por Einstein en 1916. Aquí, un fotón desencadena la emisión de otro fotón pero no aleatoriamente: el nuevo fotón tiene exactamente la misma frecuencia que el inicial y está en fase con ella. Este, a su vez, provoca más emisiones, de modo que en determinadas condiciones podría crearse una reacción en cadena, que amplificara enormemente la intensidad de la luz inicial. Si los fotones de la luz ordinaria de una bombilla son como una multitud desordenada, los de la «luz coherente» del láser son como una tropa de soldados marchando en formación, listos para abordar cualquier misión: desde leer un DVD a cortar una plancha de acero.

Cartografía en la Biblioteca Nacional

Acabo de ver en el periódico que del 4 de febrero al 18 de mayo hay una exposición en la Biblioteca Nacional con mapas que van desde el siglo XVI al XIX (aquí está el folleto). Allí se pueden ver mapas como este de hacia 1630, publicado en Amsterdam por Willem Blaeu:

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Se aprecia que estamos en la era anterior a Cassini y a sus medidas sistemáticas de longitud: el mapa es muy bonito pero España está alargada en sentido horizontal, como pasaba con los mapas de Francia por entonces. Se observa también que hay muchos detalles que no están bien dibujados: tampoco se había hecho por entonces una triangulación sistemática de España (más mapas de la exposición aquí).

Reseña en “Puerta de Madrid”

“Como aficionado a disfrutar con la lectura de divulgación científica, siempre me ha extrañado, a la par que decepcionado como español, que casi toda, especialmente la relativa a la física, llegara de Estados Unidos y de otros países avanzados mientras los manantiales de la ciencia española apenas producían un goteo (…) Por suerte esto parece haber empezado a cambiar. Los científicos españoles ya no escriben sólo para sus colegas; algunos también nos ofrecen su talento a los legos.”

Así comienza una reseña que el pasado jueves publicó el semanario Puerta de Madrid… no hace falta que diga sobre qué libro. Una página entera muy elogiosa sobre “De Tales a Newton” que me ha sorprendido y como alcalaíno adoptivo me ha hecho una ilusión especial, porque “El Puerta”, como todo el mundo le llama, es el periódico más leído en Alcalá, el semanario de referencia para todo lo que ocurre en la ciudad complutense. Aquí les dejo el artículo completo (click en la imagen para leer el pdf):

PuertaMadridMini

La ciencia, un reto apasionante

Así ha titulado el Diario de Ávila el artículo que ha dedicado a De Tales a Newton el pasado domingo. Tengo que agradecer al periodista, David Casillas, sus elogios al libro, que no son gratuitos: me costa que lo ha leído (por lo menos varios capítulos).

Creo que la entradilla del artículo resume muy bien la idea:

El profesor abulense Juan Meléndez, doctor en Física, invita en el libro “De Tales a Newton” a «desaprender» para redescubrir cómo funciona el mundo de la mano de los grandes científicos

Desaprender, olvidar lo que sabemos o, más a menudo, lo que creemos saber; las respuestas prefabricadas que nos dieron en el colegio cuando no teníamos sentido crítico para cuestionarlas. Desaprender para mirar las cosas como las vieron los griegos del siglo VI a.d.C., y así poder pensar como ellos: como personas inteligentes (“un subtítulo que quiere ser provocativo antes que pretencioso”: al parecer le dije esto al periodista… y es verdad).

(El pdf con el artículo que salió en papel está aquí; los duendes de la imprenta hicieron su trabajo y metieron algún error… detectarlo puede ser otro reto para el lector ocioso 🙂 )