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Viaje a las antípodas

Decíamos hace unos días que Alonso de Madrigal, el muy sabio obispo de Ávila a mediados del siglo XV, creía que en las antípodas podían quizá vivir animales o monstruos, pero no seres humanos. Se habría llevado una gran sorpresa de haber sabido que, cavando un pozo hasta el centro de la Tierra y más allá, siguiendo siempre en línea recta, habría acabado viendo la luz de nuevo en una isla, poblada de extraños animales como kiwis o moas, pero también por seres indudablemente humanos, por muy feroces que pudieran parecer: los maoríes.

En efecto: Ávila está en las antípodas de Nueva Zelanda, y eso no es ninguna trivialidad. Dado que más del 70% de la superficie terrestre está cubierto por agua y la mayor parte de las tierras emergidas están bastante juntas formando un “hemisferio terrestre“, es muy raro tener unas antípodas en tierra firme. Podemos verlo en este bonito mapa de la Wikipedia:

Mapa de las antípodas para toda la Tierra

En el Viejo Mundo, sólo algunas regiones de China, el sudeste asiático, Siberia y España (más algunos puntos dispersos aquí y allá) poseen antípodas en tierra firme.

Más improbable aún es tener antípodas habitadas, así que nuestra sorpresa estaría más que justificada si caváramos el túnel desde Ávila. Porque al asomarnos ya no encontraríamos maoríes ni moas, sino que apareceríamos más o menos aquí:

Efectivamente, en las antípodas de Ávila hay un pueblo de Nueva Zelanda: Levin. Pueden comprobarlo en esta curiosa web, Map Tunneling, que nos muestra dónde asomaría un túnel a las antípodas excavado desde cualquier lugar. Aquí tienen una captura de pantalla:

AntipodasDeAvila

Levin tiene 19.500 habitantes, no está lejos de la capital, Wellington, y es según la Wikipedia la orgullosa cuna de muchos jugadores de rugby y de varios políticos y periodistas. Nada comparable a Santa Teresa, claro, pero ya que es tan excepcional tener un gemelo en las antípodas,  ¿a qué espera Ávila para hermanarse con Levin? 🙂

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Las antípodas y los antípodas

Ya hemos explicado aquí que durante la Edad Media todas las personas instruidas en Europa sabían que la Tierra era una esfera. A Gautier de Mertz, por ejemplo, no le cabía ninguna duda en 1245 de que dos caminantes que echaran a andar en direcciones opuestas acabarían encontrándose en un punto diametralmente opuesto:

Nuestros dos caminantes, estarían además, cabeza abajo y con los pies por lo alto: se habrían convertido en antípodas (del griego anti: “opuesto” y pous, podós: “pie, del pie”). Lo que no tenían tan claro Gautier y sus contemporáneos era si ese viaje sería posible en la práctica. Ya Aristóteles había dividido la Tierra en cinco zonas climáticas: dos zonas templadas y dos zonas frígidas (una en cada hemisferio) y una zona tórrida alrededor del ecuador. Sólo las zonas templadas eran habitables, decía. Adentrarse en la zona tórrida supondría seguramente la muerte, de modo que nunca podríamos conocer a nuestros congéneres antípodas.

El filósofo Crates de Malos, célebre por haber construido el primer globo terráqueo en el siglo II a.d.C., imaginó que esa zona tórrida estaría ocupada por el mar, un océano infranqueable y abrasador.

Que las antípodas (la región opuesta a nosotros en la esfera terrestre) existían estaba fuera de duda. Otra cuestión muy diferente es si existían los antípodas (sus inalcanzables habitantes). Griegos y romanos tendían a pensar que sí, pero con el cristianismo la balanza se inclinó al lado contrario.

Dado que somos todos descendientes de Adán y Eva, el paraíso terrenal tuvo que estar en el hemisferio norte. Si la zona tórrida es intransitable, la existencia los antípodas presentaría importantes problemas teológicos: habría una segunda humanidad incomunicada de nosotros y no descendiente de Adán. ¿No estarían entonces manchados por el pecado original? Tal cosa parecía imposible. Pero si eran pecadores, al no poder ser evangelizados estarían irremediablemente condenados… a no ser que Cristo se hubiera encarnado también en un antípoda. Ambas alternativas parecían igualmente inaceptables, por lo que lo más sensato era concluir que las antípodas estaban deshabitadas, aunque pudieran por supuesto vivir en ella animales o monstruos.

Tal fue el razonamiento del ilustre Alonso de Madrigal (llamado El Tostado), obispo de Ávila en a mediados del siglo XV y uno de los hombres con mayor fama de sabio de su época en España.

Algunos historiadores poco escrupulosos, y muchos divulgadores científicos, se han fijado en esa descalificación de los antípodas para decir que El Tostado (y otros cristianos ilustres como San Agustín) consideraban absurda la existencia de las antípodas, y por tanto que la Tierra fuera redonda. Al fin y al cabo, estos ignorantes debían de encontrar ridículo que alguien pudiera andar patas arriba, ¿no?

Naturalmente no eran tan ignorantes, sólo que para ellos los conceptos que importaban no eran los mismos que para nosotros. A mí lo que me asombra no son sus preocupaciones teológicas, sino que su fe en Aristóteles parecía ser tan firme como su fe en la doctrina cristiana. Porque, si no, ¿cómo se explica que no contemplaran la alternativa de que la zona tórrida no fuera tan infraqueable? Una alternativa que cortaba el nudo gordiano antipódico (puesto que los antípodas podían ser descendientes de Adán)…, y que ya se estaba demostrando correcta cuando El Tostado escribía: por aquel entonces, los marineros portugueses ya se habían  adentrado en el trópico, al sur del mítico Cabo Bojador, y habían vuelto sanos y salvos.