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Mirando al cielo desde Ávila (y VI): Epílogo: La ambrosía de Ptolomeo

Nos quedaba un cabo suelto, decíamos. Se trata de lo siguiente: hemos dicho que a partir de las observaciones astronómicas los griegos fueron capaces de demostrar que la Tierra se curva en dirección N-S, pero no que se curvara en dirección E-W, de modo que podría ser un cilindro en lugar de una esfera; a pesar de todo, se inclinaron por la esfera por razones estéticas (es verdad que se dieron otros argumentos: que la sombra en los eclipses es siempre curva, por ejemplo; pero las razones no eran concluyentes).

Sin embargo, como buenos científicos, los griegos siguieron buscando una confirmación de que la Tierra se curva también en dirección E-W. Finalmente lo consiguieron, y una vez más, la prueba la proporcionaron el Sol y las estrellas.

Cómo se demostró al fin que la Tierra es una esfera

Sabemos que salen por el este y se ponen por el oeste. Si la Tierra se curva en esa dirección, el horizonte en un país oriental (por ejemplo en Persia) estará inclinado hacia el Sol naciente, y allí amanecerá antes que en un país occidental (por ejemplo, en Cartago). Es decir, habrá una diferencia horaria, esa a la que estamos tan acostumbrados en España cuando oímos decir por la radio: “son las 8, una hora menos en Canarias”.

Parece muy fácil comprobarlo: cuando sea mediodía en Persia, llamamos a un amigo que esté en Cartago, y le preguntamos que hora es allí. Si nos dice que también es mediodía, la Tierra es un cilindro; si nos dice que es por la mañana, es que es una esfera. Es fascinante que con un experimento tan sencillo podamos decidir la forma de la Tierra… sólo que en la Antigüedad era mucho menos sencillo porque no había teléfonos.

Pero esto no significa que fuera imposible. No hace falta una llamada: bastaría cualquier acontecimiento que ocurriera simultáneamente en Persia y en Cartago para averiguar si hay diferencia horaria o no. ¿Puede haber un acontecimiento que se vea a la vez desde ambos lugares? Una vez más tenemos que pensar, pero esta es la última pregunta de la noche.

Para que se vea desde Persia y Cartago, no puede ser algo que ocurra en la Tierra. Tiene que ser algo que ocurra en el cielo, pero los cielos parece que se mueven con una regularidad inmutable. Es verdad que los astros salen y se ponen, pero eso es precisamente lo que dudamos que sea simultáneo. Y sin embargo, hay un acontecimiento que de tarde en tarde rompe esa regularidad, un acontecimiento que precisamente por eso, se ha visto tradicionalmente como algo siniestro, algo que va contra el orden natural. ¿Ha caído ya el lector en qué puede ser?

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Mirando al cielo desde Ávila (V): Un salto al cosmos de Aristóteles

He querido explicar con detalle como los griegos fueron capaces de averiguar cosas asombrosas, cosas tan sorprendentes como que la Tierra es redonda, sólo con observar atentamente las estrellas, el Sol y la Luna, sin necesidad de usar ningún instrumento pero con paciencia e inteligencia. Averiguaron muchas más cosas que no nos da tiempo a contar una noche: midieron el tamaño de la Tierra, calcularon la distancia al Sol y a la Luna y su tamaño, estudiaron los planetas y explicaron sus complicados movimientos, en los que no hemos podido entrar aquí.

En el siglo IV a.C., uno de los más grandes sabios que ha tenido la humanidad sintetizó todo el conocimiento que habían acumulado los griegos sobre el universo en un modelo que se mantuvo en vigor durante casi dos mil años. El sabio era Aristóteles y su modelo es lo que hoy llamamos el Cosmos de Aristóteles. Es el universo en el que el hombre vivió durante toda la Edad Media, el que describe Dante en la Divina Comedia, y el que todavía se estudiaba en el año 1539 en libros como la Cosmographia de Petrus Apianus, de donde está extraído este dibujo:

El Cosmos de Aristóteles según Petrus Apianus

Este dibujo es el icono de este blog, y podríamos pasarnos varios posts explicándolo. Quizá lo hagamos algún día, pero hoy sólo vamos a dar un resumen muy rápido:

  • El universo es circular, y en el centro está la Tierra, con sus cuatro elementos, ordenados desde el centro hacia fuera: tierra, agua, aire y fuego.
  • Por encima, a alturas cada vez mayores, están las esferas de la Luna y los demás planetas, hasta llegar al firmamento, la esfera de las estrellas fijas (“firmes”). Más allá está el motor inmóvil, que pone en movimiento a todo.
  • Fuera ya no hay espacio ni tiempo. En la Edad Media, se colocó ahí al Cielo en el sentido teológico, no astronómico: lo que se llamaba el cielo empíreo, la residencia de Dios y de todos los elegidos.

Este era un universo muy distinto del nuestro; menos correcto científicamente pero en cierto sentido mucho más hermoso. Así lo ha explicado C.S. Lewis:

Mirar hacia arriba en el soberbio universo medieval es como mirar un gran edificio. El “espacio” de la astronomía moderna puede inspirar asombro o terror o vago ensueño; las esferas de los antiguos nos presentan un objeto en el que la mente puede descansar, abrumador por sus dimensiones, pero satisfactorio por su armonía. (…) El terror de Pascal ante le silence éternel de ces espaces infinis nunca le pasó por la cabeza [a Dante]. El medieval es como un hombre al que conducen a través de una catedral inmensa, no como alguien perdido en un mar sin costas.

En esta breve entrada hemos dado un salto lógico: no hemos explicado todo el proceso que llevó del Universo de las dos esferas al Cosmos de Aristóteles. No tenemos tiempo en esta serie de posts, que quería ser breve (y ya no lo es). Pero nos queda un cabo suelto, y con ello vamos a acabar la serie. Será la próxima entrada.

Mirando al cielo desde Ávila (IV): El Universo de las dos esferas

Habíamos dicho que las estrellas cambian en el tiempo, en el sentido de que las constelaciones que se van viendo a lo largo del año cambian. En el post anterior explicamos esto como una consecuencia del movimiento del Sol sobre la esfera celeste. Pero habíamos dicho que también cambian en el espacio. ¿Qué quiere decir esto?

Las estrellas cambian en el espacio: la forma de la Tierra

Cuando los griegos fueron viajando lejos de su patria, se encontraron que las estrellas que se veían desde otros países no eran exactamente las mismas. Para ser más precisos: si viajaban hacia el sur, empezaban a ver estrellas que en Grecia no se veían; mientras que si viajaban hacia el norte, dejaban de ver estrellas que en Grecia sí se veían.

Una vez más, esto es sorprendente, y tendríamos que explicarlo. Ya sabemos, lo hemos dicho antes, que “las estrellas que vemos son las que están encima del horizonte cuando el Sol está debajo”. ¿Qué puede hacer que esas estrellas cambien? Una posibilidad es que cambie la posición del Sol respecto de ellas. Eso explicaba que las estrellas cambien a lo largo del año, pero no puede explicar que en una fecha dada cambien de un país a otro. ¿Hay otra posibilidad? Sí: que cambie el horizonte. Si el horizonte no es el mismo en Rodas que en Alejandría, por ejemplo, las estrellas que asomen por encima de él no serán exactamente las mismas. Pero esto parece absurdo, porque si el horizonte no es el mismo en todos los puntos ¡eso significaría que la Tierra no es plana!

Pero si la Tierra es plana, el horizonte coincide con la propia Tierra, y las estrellas que quedaran por encima serían las mismas en todas partes. No hay escapatoria: si no queremos tirar por la borda todas las explicaciones que hemos conseguido hasta ahora, tenemos que admitir una hipótesis de lo más sorprendente: que, por lo menos en dirección norte sur, la Tierra se va curvando, de modo que el horizonte va variando.

La idea es que cuando vamos viajando hacia el norte, el plano del horizonte que tenemos por delante se va inclinado hacia abajo, así que la Estrella Polar se ve cada vez un poco más alta sobre él. Si nos moviéramos muy hacia el norte, llegaría el momento en que la estrella Polar estaría en el cénit, justo sobre nuestras cabezas. El eje de la esfera celeste sería vertical y entonces las estrellas que veríamos serían siempre las mismas: al girar, nunca se pondrían ni saldrían (serían todas circumpolares). Sólo veríamos la mitad de la esfera celeste. Ese punto es lo que llamamos el Polo Norte.

PoloYEcuador

A la izquierda: cuando hemos viajado tanto hacia el Norte que la Polar está sobre nuestra cabeza, ninguna estrellas sale ni se pone (todas son “circumpolares”). Estamos en el Polo Norte y hay una mitad de la esfera celeste que no vemos nunca. A la dercha: Cuando hemos viajado tanto hacia el Sur que la Polar está sobre el horizonte, todas las estrellas salen y se ponen. Estamos en el Ecuador , y a lo largo del tiempo vemos la esfera celeste completa.

Si viajamos hacia el sur, el horizonte que tenemos por delante también va bajando, lo que significa que el horizonte que tenemos por detrás, al norte, sube: ahora la Estrella Polar está cada vez más baja. Muy hacia el sur, llegará un momento en que la Estrella Polar esté en el horizonte. Entonces, al girar, todas las estrellas salen y se ponen, y con el tiempo, al cabo de un año, las habremos visto todas. El lugar en el que eso ocurre es el Ecuador. Esto explica que los griegos, cuando viajaban hacia el Sur, empezaban a ver estrellas que no veían desde Grecia.

Viajando hacia el este y el oeste

Hemos hablado de la dirección Norte-Sur, pero ¿qué pasa si viajamos en dirección Este-Oeste?

Resulta que si nos movemos en dirección E-W, la altura de la Polar no varía y por eso seguimos viendo las mismas estrellas. Esto podría significar que la Tierra no se curva en dirección E-W, y entonces tendría forma de cilindro. Pero en realidad podría curvarse, con tal de que la inclinación del horizonte no afectase a la altura de la Polar. Eso es lo que ocurre si la Tierra tiene forma de esfera.

El universo de las dos esferas

¿Cómo decidir entre una posibilidad u otra? La inmensa mayoría de los filósofos griegos no lo dudaron y eligieron la esfera. ¿Por qué? Por razones estéticas: la esfera es una forma más hermosa y perfecta que el cilindro, y además, parece lógico que en el centro de la esfera celeste haya otra esfera concéntrica, la esfera terrestre. Poner ahí un cilindro es una idea fea, y para los griegos siembre hubo una relación muy cercana entre belleza y verdad.

DosEsferas

El Universo de las dos esferas. El dibujo es muy similar al de la Tierra plana rodeada por la esfera celeste, sólo que ahora lo que antes era la Tierra es el plano del horizonte, que hemos dibujado aquí sombreado y que en cada punto es tangente a la esfera terrestre.

Esta idea de belleza sigue siendo una guía para los científicos actuales. Paul Dirac, uno de los más grandes físicos del siglo XX, dijo una vez: “Este resultado es demasiado hermoso para ser falso. Es más importante la belleza de las ecuaciones que su ajuste con los experimentos”[1]. Ese universo de las dos esferas era una idea demasiado hermosa para ser falsa.

Y como ha pasado casi siempre, la idea hermosa resultó ser verdadera.

 

[1] [The evolution of the physicist picture of Nature, Scientific American 208 (5) 1963]

Mirando al cielo desde Ávila (III): El año, el mes y la semana

Hemos acabado el post anterior diciendo algo sorprendente: que las estrellas que se ven no son las mismas, porque cambien en el tiempo y en el espacio. Vemos qué quiere decir esto.

Las estrellas cambian en el tiempo: el movimiento del Sol

¿Cómo van a cambiar las estrellas en el tiempo si hemos dicho que las constelaciones son siempre iguales? Efectivamente siempre son iguales, pero no se ven las mismas a lo largo del año.

Hay constelaciones de invierno y constelaciones de verano. El 11 de julio de este año vemos exactamente las mismas constelaciones que se veían el pasado 11 de julio, pero son distintas de las que veríamos el 11 de enero. Sólo las constelaciones circumpolares se ven todas las noches.

El cielo a las 12:00, hora solar, en verano (izquierda) y en invierno (derecha). Imagen obtenida con www.skyviewcafe.com

El cielo a las 12:00, hora solar, en verano (izquierda) y en invierno (derecha). Imagen obtenida con http://www.skyviewcafe.com

Esto a primera vista es extraño, pero si lo pensamos sólo puede tener una explicación (y recomiendo al lector que pare un momento y lo piense por su cuenta antes de seguir leyendo…).

Hay una cosa obvia: sólo vemos estrellas cuando es de noche. Pero hemos dicho que es de noche cuando el Sol está debajo de la Tierra. Así que las estrellas que vemos son las que están encima del horizonte cuando el Sol está debajo. Es decir: las que están en lado opuesto al Sol de la esfera celeste. Si van cambiando con las estaciones y no son las mismas en verano que en invierno, eso sólo puede significar que el Sol se va moviendo a lo largo del año por la esfera celeste. Y si al cabo de un año se repiten las constelaciones, es que tarda un año en dar la vuelta completa. Pues bien, esa es justamente la definición de año: el tiempo que tarda el Sol en volver a la misma posición en la esfera celeste.

Esto significa también que toda la esfera celeste está llena de estrellas: cada noche vemos una mitad, pero esa mitad va cambiando a lo largo del año, y todas las noches hay estrellas. Así que la mitad que vemos de día tiene estrellas también. ¿Por qué no vemos las estrellas de día? Simplemente porque el Sol nos deslumbra: igual que la pantalla de un móvil que parece muy brillante por la noche no la vemos si la ponemos a pleno sol.

Así que en resumen, tenemos la esfera celeste que da una vuelta por día, y en ella están las estrellas y el Sol. Pero mientras las estrellas están fijas a la bóveda, el Sol va moviéndose por ella. Se mueve lentamente: tarda un año en dar la vuelta completa (como un año tiene 365 días y un círculo tiene 360º, se mueve casi exactamente un grado por día: esto no es ninguna casualidad; dividimos el círculo en 360º precisamente por eso). Así que podemos decir que tiene dos movimientos: el movimiento diario, que comparte con las estrellas, y un movimiento anual respecto de ellas.

El movimiento anual del Sol sobre el fondo de las estrellas. La línea roja es el ecuador de la esfera celeste. La posición a lo largo de éste es lo que se llama Ascensión Recta (RA), equivalente a la longitud en el globo terráqueo, y aquí se ha marcado en horas en lugar de en grados (1vuelta completa = 24 horas). La posición en vertical se llama Declinación, y es lo equivalente a la latitud en el globo terráqueo. La estrella polar tiene una declinación de +90. La trayectoria del Sol, en verde, se llama eclíptica. En unas épocas del año está por encima del ecuador celeste (más cerca de la Polar) y en otras por debajo (más lejos).

La eclíptica vista sobre la esfera celeste: en realidad, es un círculo máximo, como el ecuador, pero inclinado 23.5º. Cada día el Sol da una vuelta en torno al eje polar (movimiento diario); al cabo de un año, recorre toda la eclíptica (movimiento anual).

Este movimiento del Sol es el que explica las estaciones. En verano el Sol está más cerca de la Polar, por eso en el movimiento diario de la bóveda celeste sube más alto (calienta más) y está más tiempo sobre el horizonte (los días son más largos). En invierno, el Sol está más lejos de la Polar, por eso no sube muy arriba (sus rayos son más rasantes y calienta menos) y no está mucho tiempo sobre el horizonte (los días son más cortos).

La posición del Sol más cerca o más lejos de la Polar a lo largo del año explica las estaciones.

La posición del Sol más cerca o más lejos de la Polar a lo largo del año explica las estaciones.

(Un excelente simulador interactivo del movimiento anual y diario del Sol se encuentra en este enlace; su único inconveniente es que no muestra las estrellas, así que no se ve que el Sol se mueve respecto de ellas)

El zodiaco

¿Cómo es posible que el Sol se mueva sobre la esfera celeste? Los griegos lo explicaron imaginando que estaba fijo a otra esfera concéntrica. Esa esfera estaba anclada por sus polos a la esfera celeste y por tanto era arrastrada con ella en el movimiento diario, pero tenía su movimiento propio, girando a razón de una vuelta por año. La esfera del Sol estaba inclinada respecto de la de las estrellas, y por eso el Sol, en su giro, unas veces queda más cerca de la Polar y otras más lejos de la Polar.

Al moverse sobre las estrellas, el Sol va atravesando diferentes constelaciones. Las estrellas que rodean en cada momento al Sol no las vemos, pero sabemos cuáles son porque sabemos dónde está el Sol en el cielo y si tenemos un mapa del cielo sabemos qué constelaciones hay en ese punto. Los primeros mapas fiables no fueron mapas de la Tierra sino mapas del cielo. Las constelaciones por las que va pasando el Sol son doce y tienen unos nombres curiosos que seguramente os sonarán: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. ¡Los signos del zodiaco! La mayoría son nombres de animales y eso significa zodiaco: “círculo de animales”.

Los doce signos del zodiaco son como doce casas en las que va residiendo el Sol a lo largo del año. Para los antiguos, era lógico pensar que según la casa en la que residiera el astro rey, podría cambiar su humor y eso a su vez podría influir en nuestros asuntos: la idea de la astrología.

La Luna y los meses

El Sol, hemos visto, se diferencia de las estrellas no sólo en que brilla mucho más, sino en algo más sutil pero más importante: mientras que las estrellas están fijas a la bóveda celeste, el Sol se va moviendo sobre ella. Los griegos decían por eso que era un πλανήτης (planetes), que significa vagabundo. El Sol era un planeta para los griegos, y también la Luna, porque se mueve respecto de las estrellas. La luna se mueve mucho más rápido: tarda 27.3 días en volver a la misma posición.

Pero ese no es el tiempo que tarda en volver a la misma fase: entre una luna llena y la siguiente trascurren 29.5 días. ¿Por qué esta diferencia? Una vez más, recomendamos al lector que se tome un rato para pensar.¿Lo ha pensado un poco? Pase entonces al siguiente párrafo.

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Mirando al cielo desde Ávila (II): La bóveda celeste

En el post anterior nos entretuvimos hablando de las constelaciones, pero tenemos que retomar un punto importante: el movimiento de las estrellas.

El movimiento de las estrellas: la bóveda celeste

Decíamos que las estrellas giran en torno a la Estrella Polar. Es un giro muy ordenado: siempre en sentido contrario a las agujas del reloj, de manera que en un tiempo determinado, todas han girado el mismo ángulo; y en particular, completan una vuelta todas a la vez. Se veía en este vídeo, pero lo podemos resumir en esta imagen:

El cielo nocturno tal como se ve con una exposición larga, de aproximadamente una hora. Las estrellas más alejadas de la Polar describen arcos más largos, pero el ángulo que han barrido siembre es el mismo.

Las estrellas más alejadas del centro describen un arco mayor, de manera que el ángulo que giran es el mismo, y todas tardan lo mismo en dar una vuelta. Eso no tenía por qué ser así: si imaginamos una rotonda de varios carriles, y un coche en cada carril, todos por ejemplo a 30 km/h, no tardaran lo mismo en dar una vuelta completa: el de fuera tardará más, se quedará retrasado, porque tiene que recorrer un camino más largo.

Eso no pasa con las estrellas: todas tardan exactamente lo mismo en dar una vuelta (¡y precisamente por eso las constelaciones no se desdibujan!). Para eso tienen que sincronizar sus velocidades de una manera muy precisa, lo cual sería casi milagroso… salvo en un caso: que estuvieran todas unidas a un objeto sólido.

Unas estrellas fosforescentes pegadas en el interior de un paraguas son un modelo sencillo de la bóveda celeste. El eje del la bóveda es el palo del paraguas.

Unas estrellas fosforescentes pegadas en el interior de un paraguas son un modelo sencillo de la bóveda celeste. El eje del la bóveda es el palo del paraguas.

Es lo que ocurre en el paraguas de la foto si lo damos vueltas: todas las estrellas giran siempre el mismo ángulo, no hay nada milagroso porque lo que gira es el paraguas y arrastra consigo a las estrellas. Eso es lo que pensaron los griegos, sólo que, claro está, no se imaginaron las estrellas como luces pegadas a un paraguas, sino a una gigantesca bóveda rotatoria, la bóveda celeste, y cuyo eje no es el palo del paraguas sino la línea que va desde nosotros a la estrella Polar (cuyo nombre viene precisamente del griego polos, que significa “eje” o “poste”)

La bóveda celeste aparece ya en las obras de Homero, hacia el siglo VIII antes de Cristo, y probablemente imaginaba que era sólida, porque en varios pasajes la compara con el hierro o el bronce.

Esta manera de girar de la bóveda celeste tiene algunos efectos interesantes. Por ejemplo, hay dos clases de estrellas. Las que están más cerca de la Polar nunca quedan por debajo del horizonte. Es lo que pasa por ejemplo con la Osa Mayor y la Osa Menor. Se llaman estrellas circumpolares y se ven todas las noches del año. Los egipcios las llamaban “aquellas que no conocen la destrucción” y por eso situaron en los cielos del norte al país de la vida eterna.

Las estrellas circumpolares, las más cercanas a las estrellas polar, se ven durante toda la noche por encima del horizonte.

Las estrellas que están más lejos de la Polar acaban “poniéndose” y “saliendo”. ¿Por dónde salen y por dónde se ponen? Si miramos hacia la Polar (Norte), como giran en sentido opuesto a las agujas del reloj, saldrán por el Este y se pondrán por el Oeste (más o menos).

El Sol: el día y la noche

Ahora bien, esto nos suena. Hay un cuerpo celeste que se mueve por el cielo, y sale por el Este y se pone por el Oeste: el Sol. Resulta que el Sol también gira en torno a la Polar (no es tan fácil de ver como con las estrellas, porque cuando se ve el Sol no se ve la Polar, pero aunque no la veamos, sabemos dónde está…) Si además girase a la misma velocidad que las estrellas, ¡podríamos explicar su movimiento igual! Simplemente, iría también pegado a la bóveda celeste, como ellas.

Pero si dejamos pasar un día, vemos que las estrellas vuelven a la misma posición, así que en un día giraran una vuelta… ¡como el Sol!

Esto es todo un descubrimiento: podemos explicar el día y la noche simplemente suponiendo que el Sol y las estrellas están fijos a una bóveda celeste, sólida, que gira en torno a un eje que pasa por la Estrella Polar (y por supuesto por nosotros). Esta es ya una concepción más científica que la de Homero, que identificaba al Sol con el Titán Hiperión y no dejaba nada claro qué ocurría con él por la noche, cuando al ponerse, se sumergía en el Océano. Ahora ya sabemos que por la noche el Sol sigue ahí, sólo que está debajo de la Tierra y por eso no lo vemos. Esto nos obliga a concebir la bóveda más bien como una esfera hueca, que tiene la mitad por encima de la Tierra y la mitad por debajo. La Tierra, por supuesto, seguimos pensando que es plana, porque ¿por qué iba a ser de otra manera?

La esfera celeste rodeando a una Tierra plana. Las estrellas como S1 y S2 son circumpolares y no se ponen nunca; S3 sale exactamente por el este y se pone exactamente por el oeste, mientras que S4 queda siempre por debajo del horizonte.

La esfera celeste rodeando a una Tierra plana. Las estrellas como S1 y S2 son circumpolares y no se ponen nunca; S3 sale exactamente por el este y se pone exactamente por el oeste, mientras que S4 queda siempre por debajo del horizonte.

Fijándonos sólo en los movimientos del Sol y las estrellas hemos llegado nada menos que a un modelo del universo: una Tierra plana en el medio de una esfera hueca rotatoria, la Esfera Celeste, donde están fijos el Sol y las estrellas. Sin embargo, pronto vamos a tener que complicar este esquema tan sencillo. Y la razón es que las estrellas que se ven no son siempre las mismas: cambian en el tiempo y en el espacio.

Qué significa esto lo veremos en el próximo post.

Mirando al cielo desde Ávila (I): Estrellas y constelaciones

[Este post y los siguientes están basados en la charla que di en Ávila la noche del 11 al 12 de julio, a los participantes en el proyecto cultural Crossing Stages, cuyo objetivo es “establecer puentes de encuentro en la sociedad contemporánea, especialmente entre los jóvenes, a partir de la reinterpretación de la mitología europea”.]

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Durante esta semana que habéis pasado en la ciudad de Ávila habéis estado recreando los mitos y reviviéndolos en el mundo actual. Eso puede no ser fácil, porque nuestras ciudades, nuestra vida cotidiana, son muy distintos de los de la Grecia clásica. La Tierra ha cambiado mucho desde entonces. Sin embargo, hay algo que sigue igual, inmutable: el cielo. El cielo que vemos hoy es exactamente el mismo que veían los griegos. Así que quizá sea más fácil revivir el mito mirando al cielo que mirando a la Tierra.

Y sin embargo, fue mirando al cielo como se fue desarrollando el embrión de lo que habría de ser la visión científica del mundo, que acabó desplazando al mito. Fue una aventura muy larga y a veces muy compleja, pero sus primeros pasos son fáciles de entender, y es lo que quiero que hagamos esta noche, mientras miramos al cielo.

Tenemos primero que acostumbrarnos, porque hoy casi nunca miramos al cielo de noche. Cuando lo hacemos, apenas vemos nada, porque las luces de nuestras calles nos deslumbran y no nos dejan ver las estrellas. Hay que salir de la ciudad, como hemos hecho hoy, para empezar a apreciar la majestad del cielo nocturno. Habría que irse en realidad mucho más lejos, porque aquí todavía tenemos mucha contaminación lumínica y el cielo que vemos, aunque sea el mismo, es mucho menos impresionante que el que veían los griegos todas las noches.

Aun así, vamos a hacer un esfuerzo de imaginación, situarnos mentalmente en la Grecia del siglo VI antes de Cristo, y olvidar todo lo que sabemos de astronomía, para limitarnos a mirar con atención y hacernos preguntas sobre lo que vemos.

Las estrellas

Ahora que nuestros ojos se han acostumbrado a la oscuridad, ¿qué vemos?

Estrellas. ¿Y qué son las estrellas? Hoy sabemos que son otros soles, situados a muchos miles de millones de kilómetros… ¡pero ese tipo de cosas es justamente lo que tenemos que olvidar cuando miramos al cielo esta noche! Tenemos que limitarnos a lo que vemos. Lo único que vemos son puntos brillantes, y de momento eso es lo que las estrellas van a ser para nosotros, muchos puntos brillantes ¿Cuántos? Ahora se ven a simple vista varias docenas, quizá cien puntos. Si no hubiera luna llena podríamos ver quizá doscientos. Pero en una noche despejada desde un lugar lejos de las ciudades, sin contaminación lumínica, podemos ver unos 4000.

Eso es lo que vio Abraham según cuenta el Génesis (15:5): El Señor llevó a Abraham fuera de su tienda, y le dijo: “Ahora mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes”, Y añadió: “Así será tu descendencia”.

Es una visión grandiosa aún hoy para nosotros, que estamos acostumbrados al cine y saturados de imágenes. Tenemos que hacer un esfuerzo para imaginar la impresión que para los antiguos, ajenos a todo esto, suponía ver cada día el espectáculo de la noche estrellada sobre sus cabezas.

La estrella polar. Constelaciones

Pero no vamos a limitarnos a sentir sobrecogimiento por ese cielo con miles y miles de estrellas. Cuando uno pasa un tiempo suficientemente largo mirando esos puntos brillantes, observa una cosa muy llamativa: se mueven. Y se mueven de una manera muy particular: giran.

El centro de ese giro parece ser una estrella, la Polar. Vamos a ver si la localizamos en el cielo. Lo primero que hay que hacer es localizar una referencia: ese arco de cuatro estrellas, bastante brillantes que están allá arriba. Esas estrellas son la cola de la constelación de la Osa Mayor. No esperéis ver una osa, porque en realidad lo que vemos tiene forma de carro, de cucharón o de cazo. Ese arco de cuatro estrellas es el mango, y el cazo propiamente dicho lo forman cuatro estrellas que están en los vértices de un trapecio. Pues bien, si os fijáis en las dos estrellas de abajo del cucharón, y prolongáis la línea imaginaria que forman unas cinco veces la distancia que las separa, encontraréis la Estrella Polar. No es la más brillante del cielo, pero se ve bien.

La estrella polar está en el extremo de otra constelación que tiene una forma similar a la de la Osa Mayor, pero más pequeña, cabeza abajo, y con estrellas mucho menos brillantes: la Osa Menor. Acabamos de ver cómo, en cuanto queremos orientarnos entre las estrellas, las agrupamos casi sin querer en constelaciones. En realidad, hay muchas maneras posibles de agruparlas, y civilizaciones distintas lo han hecho de maneras diversas.

Nuestras constelaciones son las de los griegos, y a su vez ellos las tomaron de los babilonios, que son los padres de la astronomía. Pero a menudo, los griegos asociaron mitos propios a esas constelaciones, y de ahí vienen sus nombres. Por ejemplo, la ninfa Calisto fue seducida por Zeus, que la dejó embarazada. Cuando Hera, la celosa esposa de Zeus lo descubrió, se enfureció y la convirtió en oso. Otros dicen que lo hizo Zeus, para ocultarla de Hera[1]. El caso es que el hijo que tuvo, Árcade, se encontró con ese oso y levantó su espada para matarlo, pero Zeus intervino para impedirlo, convirtiéndole a él también en oso. Calisto es la Osa Mayor y su hijo la Osa Menor. “Oso” se dice arktos en griego, y como la Osa Menor indica el norte, a las regiones más al norte las llamamos Ártico. Si prolongamos la cola de la Osa Mayor (o el mango del Gran Cucharón) encontramos una estrella muy brillante, la más brillante del cielo que vemos ahora. Es Arturo, que significa “Guardián de las osas” (arktos + ouros).

[1] Wikipedia.es, Wikipedia.en, Isaac Asimov, Las palabras y los mitos, p60.