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Malas noticias

No, no voy a hablar del cambio climático o de la guerra de Siria. Me refiero a noticias que son malas en otro sentido: engañosas, chapuceras, ineptas… El tipo de noticias que el blog Malaprensa (que realiza un impagable servicio público) viene analizando desde hace años.

Una de las razones que me motivó a crear el Curso de Humanidades “Ciencia para pensar mejor”, que acaba de comenzar su tercera edición, es encontrarme una y otra vez con este tipo de malas noticias. Lejos de remitir, la chapuza parece extenderse cada vez más, no ya en los dominios sin ley de twitter, sino muy a menudo en la prensa supuestamente seria. Por eso es más necesario que nunca estar en guardia y tener las herramientas intelectuales para no picar en el anzuelo. Ese es uno de los objetivos del curso.

Un ejemplo, de hace cuatro días. Leo en la página de portada de El Mundo este titular:

ElMundo1.PNG

¡Qué barbaridad! Pero ¿qué nos encontramos en el cuerpo de la noticia? Ahora el titular es distinto:

ElMundo1b

Y he aquí unos párrafos seleccionados:

ElMundo2

Así que lo que ha ocurrido realmente es que una web (que no hay manera de encontrar con los datos del artículo) ha recabado testimonios sobre el acoso en arqueología, y el 50% de las participantes voluntarias dicen haber sufrido acoso. ¿Es una muestra representativa? Yo diría que no… Y si la muestra no es representativa, la encuesta no sirve para nada.

¿Cuál es el problema? Que si hacemos un titular ajustado a la verdad nadie va a picar (quiero decir, a hacer click). En realidad, no hay noticia: podríamos hablar, quizá, de una no-noticia, que es uno de los géneros de las malas noticias.

Pero una vez lanzada la no-noticia, da mucho juego: además de los clicks en la web de El Mundo (que se traducen en dinero de publicidad), está el sinfín de comentarios al final de la página, con los que los lectores se desahogan lanzándose improperios, la tormenta que se desata en twitter, la opinión de algún tertuliano en la TV…. etc: ruido, que es de lo que se trata.

Esto es un ejemplo, escogido casi al azar. Seguro que ustedes pueden encontrar muchos más. Es un buen ejercicio para empezar a entender nuestro ecosistema informativo.

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Cómo tener una universidad tan buena como la holandesa

El Mundo dedica hoy un extenso artículo a las universidades holandesas. Lo titula así: “El ‘pleno al 13’ de Holanda: así coloca todas sus universidades entre las mejores del mundo”.

¿Y por qué son tan buenas las universidades holandesas? Leo nada más empezar que es “un sistema que se ha deshecho hace tiempo de la teoría para pasar a la práctica” , y me quedo un poco perplejo. Pero unas líneas más abajo doy con la clave:

Este país tiene claro que la Educación es un pilar fundamental, por eso le destina anualmente el 5,9% del presupuesto general, frente al 5% que le dedica España, un Estado con el triple de población.

Parece ser que la periodista sugiere que, como nuestra población es triple, deberíamos dedicar un porcentaje triple. De donde se deduce que los Estados Unidos, cuya población es 17 veces mayor que la de Holanda, debería dedicar a la Educación un porcentaje de 5,9*17=100%.

¡Menos mal que tenemos periodistas que saben cómo arreglar la educación en España!

Ola de calor (I): ¿Se puede aprender algo de ciencia de la prensa?

El argumento es este: en plena ola de calor, una periodista sale con un “termómetro láser” a “tomar la temperatura a la gran ciudad”. Y encuentra los siguientes resultados (la noticia de El Mundo está aquí):

Ola de calorAdemás, demuestra que un chorro de agua sobre el techo de un coche se evapora en segundos, que su interior está a 61ºC, y que el chocolate se deshace en una cazuela al sol (el titular es “Una fondue calentada sobre una alcantarilla en la Puerta del Sol”).

El texto de la noticia, por lo demás, es bastante inocuo. Pero lo interesante viene en los comentarios de los lectores. Podemos ordenarlos con la opción “mejor valorados”, y vemos que los comentarios más populares caen básicamente en dos categorías:

  • Los que se burlan de la noticia porque es normal que haga calor en verano (“¡Espeluznante, estoy ansioso por ver un charco congelado en invierno!”, o “Se derriten los helados y el chocolate, y en el interior del coche aparcado al sol se llega a los tropecientos grados, y no llueve… ¡¡¡Notición: calor en verano en un clima continental !!!”). Directa o indirectamente, muchos se burlan de la idea de cambio climático.
  • Los que no se creen esas temperaturas (“Como, ¿Dónde están, donde se han medido los 100º Centígrados ¿en la capital? Quiero saberlo ¿es imposible esa medición, estarían todos los ciudadanos carbonizados. Este periodista no sabe manejar este chisme, se a echo un lio con las teclas. Alguien tendría que haber filtrado este disparate”).

Estas segundas opiniones son las que me interesan. Porque esas temperaturas no son ningún disparate, y la noticia era una buena ocasión para aprender algo sobre ciencia. Una buena ocasión que, como ocurre casi siempre en los medios, se pierde entre el bla bla bla y las ocurrencias de graciosillos que no saben de lo que hablan. ¿Para qué íbamos a aprender algo?

Por desgracia, en esas páginas es más fácil comentar que pararse a pensar un poco. Por ejemplo: más de un comentarista dice tan ancho que esas temperaturas están en grados Farenheit. No se le ha ocurrido hacer la conversión, y eso que ni siquiera hace falta saberse la fórmula, basta preguntárselo a Google: los 49º del cartel del Metro, si fueran Farenheit, serían 9.4º Celsius…

Pero si a usted no le gusta seguir al rebaño y prefiere pensar un poco y aprender, para eso estamos nosotros. Si quiere saber por qué el techo de un coche puede estar perfectamente a más de 100ºC cuando la temperatura ambiente es de 35º (sin que “los ciudadanos estén carbonizados”), lea el próximo post.