Etiquetado: madri+d

Ola de calor (I): ¿Se puede aprender algo de ciencia de la prensa?

El argumento es este: en plena ola de calor, una periodista sale con un “termómetro láser” a “tomar la temperatura a la gran ciudad”. Y encuentra los siguientes resultados (la noticia de El Mundo está aquí):

Ola de calorAdemás, demuestra que un chorro de agua sobre el techo de un coche se evapora en segundos, que su interior está a 61ºC, y que el chocolate se deshace en una cazuela al sol (el titular es “Una fondue calentada sobre una alcantarilla en la Puerta del Sol”).

El texto de la noticia, por lo demás, es bastante inocuo. Pero lo interesante viene en los comentarios de los lectores. Podemos ordenarlos con la opción “mejor valorados”, y vemos que los comentarios más populares caen básicamente en dos categorías:

  • Los que se burlan de la noticia porque es normal que haga calor en verano (“¡Espeluznante, estoy ansioso por ver un charco congelado en invierno!”, o “Se derriten los helados y el chocolate, y en el interior del coche aparcado al sol se llega a los tropecientos grados, y no llueve… ¡¡¡Notición: calor en verano en un clima continental !!!”). Directa o indirectamente, muchos se burlan de la idea de cambio climático.
  • Los que no se creen esas temperaturas (“Como, ¿Dónde están, donde se han medido los 100º Centígrados ¿en la capital? Quiero saberlo ¿es imposible esa medición, estarían todos los ciudadanos carbonizados. Este periodista no sabe manejar este chisme, se a echo un lio con las teclas. Alguien tendría que haber filtrado este disparate”).

Estas segundas opiniones son las que me interesan. Porque esas temperaturas no son ningún disparate, y la noticia era una buena ocasión para aprender algo sobre ciencia. Una buena ocasión que, como ocurre casi siempre en los medios, se pierde entre el bla bla bla y las ocurrencias de graciosillos que no saben de lo que hablan. ¿Para qué íbamos a aprender algo?

Por desgracia, en esas páginas es más fácil comentar que pararse a pensar un poco. Por ejemplo: más de un comentarista dice tan ancho que esas temperaturas están en grados Farenheit. No se le ha ocurrido hacer la conversión, y eso que ni siquiera hace falta saberse la fórmula, basta preguntárselo a Google: los 49º del cartel del Metro, si fueran Farenheit, serían 9.4º Celsius…

Pero si a usted no le gusta seguir al rebaño y prefiere pensar un poco y aprender, para eso estamos nosotros. Si quiere saber por qué el techo de un coche puede estar perfectamente a más de 100ºC cuando la temperatura ambiente es de 35º (sin que “los ciudadanos estén carbonizados”), lea el próximo post.

“Un magnífico libro sobre la esencia del pensamiento científico”

El titular se refiere, como no, al libro de siempre… Pero lo no lo digo yo, sino esta reseña publicada en Madri+d. Es tan elogiosa que he dudado mucho antes de colgarla aquí; quizá iba a parecer demasiado inmodesto o pretencioso. Pero al fin y al cabo, lo cierto es que no le ha pagado un céntimo al autor, que incluso se ha comprado el libro de su bolsillo. Y sería injusto no traer aquí a uno de los mayores expertos en periodismo científico de España. Les dejo con Carlos Elías:

Los libros de divulgación científica casi siempre comenten el mismo error: consideran más importante los resultados que la manera de obtenerlos. Sin embargo, la fortaleza de la ciencia no reside en descubrir el átomo o la célula, sino en el método en que se llega a esa conclusión. Los chinos obtuvieron más hallazgos tecnológicos que los europeos: inventaron la brújula -tan importante en la exploración geográfica-; la pólvora -imprescindible para ganar guerras y obtener poder-; o el papel -fundamento de la revolución de la imprenta-. Resultados valiosísimos en la civilización. Sin embargo, la cultura europea creó algo mucho más osado y singular: una forma de pensar, que llamamos método científico, para acercarse a la verdad y descubrir cómo es el mundo. Los historiadores de la ciencia consideran a Galileo el primer científico moderno, pero él se basó en el griego Euclides y, sobre todo, en Arquímedes. Alexander Pope afirmó que con Newton “se hizo la luz”, porque demostró que no hacían falta los dioses para comprender el universo; pero Newton reconoció a los que le precedieron: “Si he llegado a ver más lejos -escribió- ha sido porque he subido a hombros de gigantes”. De esta odisea del pensamiento occidental – la construcción del método científico- trata el libro De Tales a Newton, del físico Juan Meléndez, quien sostiene que la ciencia es una tradición: “La ciencia progresa porque cada científico no puede interpretar el mundo ex novo (como hacen hoy los pintores o los grupos pop) sino que se inscribe obedientemente en una tradición”.

El libro es enormemente divulgativo, pero no cae en la tentación de ser un cuento de hadas que expone resultados sin demostrar. Alguien dijo que creer en el Big Bang sin observaciones ni ecuaciones es el mismo acto de fe que creer en el Génesis. Como buen docente universitario, Meléndez – que es profesor titular de Física en la Carlos III de Madrid- explica cómo se piensa en ciencia y lo más importante: por qué el método es tan exitoso. Ya señala en el prólogo que la idea del libro partió del curso de Humanidades que suele impartir en la Carlos III. Afortunados son sus alumnos y ahora todos los lectores porque conforme el libro va entrando en materia, sus páginas nos sumergen con tono didáctico y muy riguroso -y esto es de resaltar- en la esencia del pensamiento científico. Y lo hace de la mejor forma posible: primero explicando qué es la medida y, después, cogido de la mano de la disciplina más fascinante que ha creado el hombre: la geometría. Materia injusta y peligrosamente olvidada en los estudios actuales, la geometría enseñó a los griegos a pensar. Platón mandó inscribir en el frontispicio de su Academia “no entre nadie aquí sin saber geometría”: era el precalentamiento necesario para acometer cualquier actividad intelectual. Y Meléndez en su libro nos muestra cómo con poco más que un palo y unas sombras del mediodía, pero con la enorme potencia de la geometría, los griegos calcularon con cierta precisión desde el tamaño de la Tierra hasta su distancia a la Luna o el Sol. Aunque también se equivocaron: Aristarco erró en el tamaño del Sol respecto a la Luna pero, como bien advierte Juan Meléndez, no porque su razonamiento geométrico fuera incorrecto; sino por la imprecisión de sus medidas.

Sigue leyendo