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Umberto Eco y la Tierra plana

Aquí ya lo hemos dicho más de una vez, pero no está de más insistir porque es uno de los mitos más persistentes sobre la historia de la ciencia: la Tierra nunca ha sido plana.

Bueno, maticemos: este es el titular que puso Umberto Eco a un artículo en La Repubblica. Por supuesto, el planeta Tierra fue esférico desde que se formó, y a lo que se refiere Eco es a nuestras ideas sobre él. Todavía hoy suele pensarse que en la Edad Media todos creían que la Tierra era plana, es más, que la Iglesia lo imponía como dogma de fe, y que por eso Colón tuvo dificultades para que se financiara su viaje.

umberto-eco

No es cierto. Los antiguos griegos habían establecido sin lugar a dudas que la Tierra era esférica, e incluso habían medido su tamaño. Era sobre ese tamaño sobre lo que discrepaban los expertos convocados por los reyes de Portugal y España: para muchos, la Tierra era demasiado grande para que fuera posible un viaje a las Indias por el oeste.

En la Edad Media se perdió mucho del saber clásico, pero nunca se olvidó cuál era la forma de la Tierra. La Iglesia no se opuso a que fuera una esfera, aunque algunos cristianos como Lactancio encontraran la idea absurda. Como nos recuerda Umberto Eco, en el siglo VII San Isidoro de Sevilla, daba un valor para la longitud del Ecuador… y sólo las esferas tienen Ecuador.

Con el redescubrimiento de Aristóteles en el siglo XII ninguna persona instruida podía albergar dudas de que la Tierra era esférica. Otro problema era que toda ella estuviera habitada, y se discutía por eso la existencia de los antípodas (los habitantes de las antípodas), como contamos aquí.

Ningún historiador discute esto, y lo asombroso es que el mito de la Tierra plana siga tan vigente en la cultura popular, hasta el punto de que un periódico como el ABC diga en un gran titular hace unos meses que “Umberto Eco derriba el mito medieval de la Tierra plana”. ¡Todavía esto es noticia!

Esperemos que pronto se traduzca el libro de Eco en el que habla de estas cosas (“La filosofía y sus historias. La Antigüedad y el Medievo”) y los medios nos vuelvan a recordar en España que la Tierra nunca fue plana

[Gracias a Carlos Figueroa, que me pasó el artículo del ABC]

Las antípodas y los antípodas

Ya hemos explicado aquí que durante la Edad Media todas las personas instruidas en Europa sabían que la Tierra era una esfera. A Gautier de Mertz, por ejemplo, no le cabía ninguna duda en 1245 de que dos caminantes que echaran a andar en direcciones opuestas acabarían encontrándose en un punto diametralmente opuesto:

Nuestros dos caminantes, estarían además, cabeza abajo y con los pies por lo alto: se habrían convertido en antípodas (del griego anti: “opuesto” y pous, podós: “pie, del pie”). Lo que no tenían tan claro Gautier y sus contemporáneos era si ese viaje sería posible en la práctica. Ya Aristóteles había dividido la Tierra en cinco zonas climáticas: dos zonas templadas y dos zonas frígidas (una en cada hemisferio) y una zona tórrida alrededor del ecuador. Sólo las zonas templadas eran habitables, decía. Adentrarse en la zona tórrida supondría seguramente la muerte, de modo que nunca podríamos conocer a nuestros congéneres antípodas.

El filósofo Crates de Malos, célebre por haber construido el primer globo terráqueo en el siglo II a.d.C., imaginó que esa zona tórrida estaría ocupada por el mar, un océano infranqueable y abrasador.

Que las antípodas (la región opuesta a nosotros en la esfera terrestre) existían estaba fuera de duda. Otra cuestión muy diferente es si existían los antípodas (sus inalcanzables habitantes). Griegos y romanos tendían a pensar que sí, pero con el cristianismo la balanza se inclinó al lado contrario.

Dado que somos todos descendientes de Adán y Eva, el paraíso terrenal tuvo que estar en el hemisferio norte. Si la zona tórrida es intransitable, la existencia los antípodas presentaría importantes problemas teológicos: habría una segunda humanidad incomunicada de nosotros y no descendiente de Adán. ¿No estarían entonces manchados por el pecado original? Tal cosa parecía imposible. Pero si eran pecadores, al no poder ser evangelizados estarían irremediablemente condenados… a no ser que Cristo se hubiera encarnado también en un antípoda. Ambas alternativas parecían igualmente inaceptables, por lo que lo más sensato era concluir que las antípodas estaban deshabitadas, aunque pudieran por supuesto vivir en ella animales o monstruos.

Tal fue el razonamiento del ilustre Alonso de Madrigal (llamado El Tostado), obispo de Ávila en a mediados del siglo XV y uno de los hombres con mayor fama de sabio de su época en España.

Algunos historiadores poco escrupulosos, y muchos divulgadores científicos, se han fijado en esa descalificación de los antípodas para decir que El Tostado (y otros cristianos ilustres como San Agustín) consideraban absurda la existencia de las antípodas, y por tanto que la Tierra fuera redonda. Al fin y al cabo, estos ignorantes debían de encontrar ridículo que alguien pudiera andar patas arriba, ¿no?

Naturalmente no eran tan ignorantes, sólo que para ellos los conceptos que importaban no eran los mismos que para nosotros. A mí lo que me asombra no son sus preocupaciones teológicas, sino que su fe en Aristóteles parecía ser tan firme como su fe en la doctrina cristiana. Porque, si no, ¿cómo se explica que no contemplaran la alternativa de que la zona tórrida no fuera tan infraqueable? Una alternativa que cortaba el nudo gordiano antipódico (puesto que los antípodas podían ser descendientes de Adán)…, y que ya se estaba demostrando correcta cuando El Tostado escribía: por aquel entonces, los marineros portugueses ya se habían  adentrado en el trópico, al sur del mítico Cabo Bojador, y habían vuelto sanos y salvos.

Colón y la Tierra plana

Que la Tierra es plana es evidente: no hay más que abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor.

Ahora bien, una cosas es la evidencia de los sentidos y otra la evidencia racional. Los antiguos griegos sabían que la vista nos engaña a menudo: hay que desconfiar de sus evidencias, igual que hay que desconfiar de las evidencias sociales (“todo el mundo sabe que es así”), viscerales (“¡cómo no va a ser así! ¡estaría bueno!”) o tradicionales (“siempre nos lo han contado así”).

Hombres como Tales, Anaximandro o Pitágoras comprendieron que la única guía fiable que tenemos es la razón: así nació la filosofía, y, como un capítulo suyo, la ciencia.

Dos mil años después, Colón se enfrentó a los reyes de Portugal y España con la evidencia de la razón, intentando convencerles de que la Tierra era redonda y se podía llegar a las Indias navegando hacia el oeste. Se rieron de él: todo el mundo sabía que la Tierra era plana, ¡cómo no iba a ser así!… se sabía desde siempre.

La de Colón es una hermosa historia, una batalla heroica en la guerra que, desde que la empezaron aquellos viejos sabios griegos, lleva siglos enfrentando a la luz de la razón contra el oscurantismo. Colón es uno de sus héroes, como lo fue antes Hipatia, como lo fue después Galileo.

Colón ante los Reyes Católicos

Es una historia bonita, cierto. ¿Y cómo sabemos todo esto? Por tres clases de evidencias: porque todo el mundo sabe que es así, porque ¡cómo iba a ser de otra manera -en aquella España oscura, gobernada por la Inquisición-!, y porque desde pequeños nos lo han contado así. 😉

*

Por si alguien se queda con la duda: la historieta de Colón que he contado aquí es falsa. Nadie se rio de Colón: aquello de que en su época los reyes creían que la Tierra era plana es un mito. Y que muchos autores hayan propagado ese mito para “defender” a la razón es una ironía que da que pensar.

Agudeza visual

Seguramente usted sabe distinguir muy bien el sencillo sistema heliocéntrico de Copérnico del engorroso fárrago de círculos de Ptolomeo, así que no tendrá ninguna duda para decir cuál es cuál:

Planetas1 Planetas2

Los círculos rojos representan el Sol, la Luna, la Tierra y los cinco planetas conocidos por los antiguos; los puntos azules son los centros de sus respectivas órbitas.

Si en quince segundos no ha sido usted capaz de decidirse, no es que tenga un problema de agudeza visual: simplemente, es que la historia no es como se la han contado. Por sorprendente que parezca, el sistema de Copérnico tenía en realidad más círculos que el de Ptolomeo. Estos dibujos son versiones simplificadas (adaptadas del magnífico libro de A. C. Crombie, Historia de la ciencia de San Agustín a Galileo), pero ya aquí el sistema de Copérnico tiene 17 círculos y el de Tolomeo 15. (¿Que cuál es cuál? Aquí están las figuras sin retocar: Ptolomeo y Copérnico).

En realidad, en los modelos completos la diferencia es mayor aún. En palabras del matemático  Otto Neugebauer, que fue seguramente el mayor experto en la astronomía antigua,

La creencia popular de que el sistema heliocéntrico de Copérnico constituye una simplificación significativa del sistema tolemaico es obviamente errónea. La elección de sistema de referencia no puede tener efecto alguno en la estructura del modelo, y los modelos copernicanos requerían del orden del doble de círculos que los tolemaicos, siendo mucho menos elegantes y adaptables.

¿Por qué en todas partes se cuenta esto mal? Bueno, no en todas partes…

Lector: Sí, lo sabemos: en “De Tales  a Newton” se cuenta bien… Pero ¡ahora tocaba la continuación del post anterior sobre la Torre de Pisa!

Autor: Un poco de paciencia, que esto lo hago en los ratos libres…

La verdadera historia de Galileo y la Torre de Pisa (II)

Lector: En el post anterior me quedé con las ganas de conocer la verdadera historia del experimento de la Torre de Pisa… Si no es verdad que Galileo hiciera un experimento decisivo dejando caer dos bolas que llegaron al suelo a la vez, ¿de dónde ha salido esa leyenda? Ya hablamos de las leyendas urbanas, pero alguien tuvo que poner en circulación ésta, ¿no?

Autor: Sabemos que  la historia se remonta a una biografía de Galileo que escribió Vincenzo Viviani. Era un discípulo suyo, pero se ha demostrado que sus escritos sobre el maestro están llenos de, por decirlo suavemente, inexactitudes. Como los historiadores no se fían de él, han rastreado por los papeles originales de Galileo referencias a este asunto y no han encontrado nada.

L.: Pero eso tampoco demuestra que no se hiciera el experimento.

A.: Efectivamente: no hay que confundir la inexistencia de pruebas con la prueba de la inexistencia, como  algún lógico dijo… Pero es inverosímil que no se conserve ninguna referencia contemporánea, ni siquiera de alumnos o colegas, a una experiencia supuestamente tan decisiva (a menudo se cuenta la historia como si Galileo hubiera derivado la ley de la caída libre a partir de esos presuntos experimentos). Y pocos personajes históricos han sido investigados tan exhaustivamente como Galileo.

L.: ¿Entonces hay unanimidad entre los historiadores serios?

A.: Para decir toda la verdad, hay uno, Stillman Drake, que sí cree que la historia pudo ocurrir, aunque también él niega que fuera un experimento decisivo o que tuviera influencia en las ideas de Galileo. Lo que dice es que pudo ser una demostración para sus alumnos, y, como no la dio mayor importancia, no la dejó registrada en ningún sitio. En cualquier caso, la postura de Drake es muy minoritaria entre los historiadores: la mayoría creen que no hubo ni siquiera tal demostración.

L.: Veo que el tema se ha estudiado mucho… es curioso no se cuente nada de esto en los libros.

A.: Bueno, no se cuenta en la mayoría de los libros de divulgación, pero sí se cuenta en todos los libros serios de historia de la ciencia… y en uno que además es muy ameno, y…

L.: No me diga el título que me lo imagino 🙂 Pero no se haga publicidad, hombre. Yo lo que quería era preguntarle una duda que me ha surgido. Me parece muy extraño que  si esta cuestión de la caída libre era tan importante para el aristotelismo como se cuenta, nadie hubiera hecho antes el experimento de dejar caer dos cuerpos desde una torre y ver qué pasa, ¿no?

A.: Es que sí se había hecho antes de Galileo, y repetidas veces. Está bien documentado que ya en el siglo VI d. de C. lo hizo Juan Filopón de Alejandría, y dejó escrito que “si se dejan caer dos cuerpos, uno pesado y otro ligero, la diferencia de sus tiempos de caída es mucho menor que la diferencia de sus pesos”. Por su parte, Simon Stevin, un científico e ingeniero flamenco algo mayor que Galileo, dejó caer varios pesos desde lo alto de una torre, a cuyo pie había colocado una plancha metálica. Encontró que al soltar simultáneamente dos bolas, una diez veces más pesada que la otra, desde 30 pies de altura, el intervalo de tiempo entre los dos impactos era casi inapreciable. Stevin señaló incluso que este resultado era incompatible con la teoría de Aristóteles, pero no tenía una explicación alternativa.

Así que Galileo no tenía necesidad de hacer el experimento, porque sabía de sobra lo que iba a salir. Más tarde, un científico jesuita, Giovanni Battista Riccioli, volvió a hacer en 1644 el experimento desde una torre de Bolonia… Vamos, que era un clásico. Pero lo más curioso de todo es que el experimento se realizó incluso desde la Torre inclinada de Pisa, y en vida de Galileo, en 1612.

L.: ¿Pero no quedamos en que no se hizo?

A.: Es que no fue Galileo quién lo hizo. Por entonces ya no trabajaba en la universidad de Pisa (se había trasladado a Florencia). Lo hizo un profesor llamado Giorgio Coresio. Y, sorprendentemente, según su análisis los resultados respaldaban a Aristóteles, pues los cuerpos pesados llegaban en realidad un poco antes al suelo.

L.: ¡Pues sí que fue “decisivo” el experimento…! ¿Cómo es posible que se hubiera hecho tantas veces y siguieran creyendo a Aristóteles? Y ese Coresio, ¿cómo podía sacar esa conclusión?

A.: Pues esa es una buena pregunta: para mí es aquí precisamente donde el tema se pone interesante. Porque cuando se cuenta la historia del (presunto) experimento de la Torre de Pisa siempre se saca la moraleja de que la ciencia se basa en los experimentos, y que un único experimento decisivo puede echar por tierra una teoría que tenía casi dos mil años de antigüedad. Pero dado que esa historia es falsa, deberíamos tener más cuidado con las moralejas… Y la historia verdadera nos lleva, en todo caso, a la moraleja contraria: que un experimento se puede interpretar de maneras opuestas. Para Coresio, el resultado respaldaba a Aristóteles, mientras que para Galileo, lo desmentía. En realidad, un experimento por sí solo no sirve de nada: es una pieza en el engranaje del método científico, un instrumento que sólo funciona si se sabe utilizar. Y para poder utilizarlo tiene que estar enmarcado en una teoría… pero esto nos llevaría muy lejos, y hoy ya no tenemos tiempo.

L.: Vaya, hombre… pues yo también pensaba que esto se estaba poniendo interesante.

A.: Que conste que lo cuento en el libro…

L.: Y dale con la publicidad 🙂

La verdadera historia de Galileo y la Torre de Pisa (I)

Entre los siete mitos sobre Galileo que recogíamos en el post anterior, quizá ninguno más contundente que el primero: “Galileo subió a la Torre de Pisa para dejar caer dos objetos, demostrando que llegaban al suelo a la vez con independencia de su peso”.

galileo-pisa

Contundente, además, porque suele presentarse así:

“Fue en Pisa donde Galileo hizo uno de sus experimentos más famosos, dejando caer desde lo alto de la Torre, al paso de un cortejo de profesores, una bola de piedra grande y otra más pequeña, para demostrar que la grande no caía más deprisa”

La cita está sacada del libro de J.-P. Maury, “Galileo, el mensajero de las estrellas”, y no implica que las bolas dieran en la cabeza a esos pobres profesores, pero poco falta: sin duda, sus ideas aristotélicas fueron literalmente aplastadas en un instante por la caída al unísono de esas dos bolas de piedra…

A pesar de que la historia es apócrifa, hay docenas de libros que la relatan, y…

Lector: Perdón…

Autor: Adelante, adelante, ¿qué quería preguntar?

L.: “Apócrifa” significa “falsa”, ¿no?

A.: No exactamente pero casi: significa que no aparece en ninguna fuente fiable.

L.: ¿Y entonces de dónde ha salido esa historia?

A.: Pues más o menos de dónde salen todas las leyendas urbanas, que también las hay en ciencia. La cuenta por primera vez alguien poco fiable; puede que sea un invento de principio a fin, o puede que tenga un remoto resto de verdad, pero el caso es que la historia tiene gancho, que resuena con lo que la gente quiere creer. A los que la escuchan les gusta y se la cuentan a otros, que a su vez se la cuentan a otros… Es una especie de reacción en cadena. En cada etapa nadie se molesta en comprobar la veracidad del relato, porque es una historia bonita que tiene gancho…

L.: … “y resuena con lo que la gente quiere creer”.

A.: Eso es. Al cabo de unas pocas “generaciones” de este proceso de transmisión, el rumor ha llegado a todo el mundo.

L.: Vamos, que es como la propagación de una epidemia.

A.: Sí, pero con la diferencia de que nadie piensa que una enfermedad es buena porque la tenga todo el mundo… mientras que con una opinión es al contrario: a nadie se le ocurre ya dudar de ella, porque… ¡todo el mundo lo sabe!¡cómo va a ser mentira! Superado un cierto umbral, los rumores se autoconfirman.

L.: Pero algún mecanismo de inmunidad tendremos contra esta clase de epidemias…

A.: A nivel individual cada uno tiene su sentido crítico, pero para la sociedad como un todo (para el cuerpo social, podríamos decir) el equivalente de los leucocitos son, en casos como éste, los historiadores.

L.: ¿Y qué dicen los historiadores sobre “el caso de la Torre de Pisa”?¿Cuál fue la verdadera historia?

A.: Bueno, ahora tengo un poco de prisa… si le parece lo dejamos para el próximo post.

*

Postdata: Recientemente he tenido el placer de dar dos conferencias sobre “La verdadera historia de la Torre de Pisa”, una en el Colegio Mayor Fernando Abril Martorell, de la Universidad Carlos III, y otra en el Colegio Diocesano de Ávila (del que soy orgulloso exalumno…) En este post y el siguiente cuento el planteamiento de esas conferencias: por qué hay una historia falsa y por dónde van los tiros de la historia verdadera.

Siete mitos sobre Galileo que casi todo el mundo cree

Es muy probable que usted sepa estas cosas sobre Galileo:

1. Galileo subió a la Torre de Pisa para dejar caer dos objetos, demostrando que llegaban al suelo a la vez con independencia de su peso.

2. Galileo inventó el telescopio.

3. La Inquisición torturó y encarceló a Galileo por defender que la Tierra se mueve.

4. Cuando salió del juicio, Galileo murmuró: “Y sin embargo se mueve” (Eppur si muove)

5. Galileo había demostrado que la Tierra se movía.

6. El sistema astronómico que defendía Galileo era el sistema correcto que todos aceptamos hoy como cierto.

7. Galileo fue el primer científico que formuló correctamente el principio de inercia.

Pues bien: nada de esto es verdad. En realidad…

1. Galileo no se molestó en hacer ese experimento porque ya sabía lo que iba a salir. Sin embargo, un profesor de la universidad de Pisa, contemporáneo suyo, sí que hizo el experimento, y concluyó que los cuerpos pesados caen más deprisa que los ligeros.

2. No se sabe a ciencia cierta quién inventó el telescopio (hay candidatos alemanes, holandeses y hasta españoles), pero con seguridad no fue Galileo. Lo que sí es cierto es que, sin haberlo visto, consiguió construirse uno cuando oyó hablar del nuevo anteojo, y lo utilizó mejor que nadie.

3. La Inquisición juzgó a Galileo en 1633, pero ni le torturó ni le encarceló: fue condenado a reclusión domiciliaria. Se le juzgó por haber presuntamente desobedecido un decreto de 1616 que le prohibía sostener que el movimiento de la Tierra era algo real (aunque no enseñarlo como hipótesis de trabajo).

4. A Galileo le quedaban pocas ganas de buscarse más problemas después del juicio. Esa frase es una leyenda inventada probablemente por el escritor Giuseppe Baretti más de cien años después.

5. Galileo creía haber encontrado una prueba concluyente del movimiento de la tierra con su teoría de las mareas. Resultó las mareas no se deben al que la Tierra se mueva sino al efecto gravitatorio de la Luna, como ya sospechaban otros científicos y demostró brillantemente Newton. El trabajo de Galileo, tanto en física como en astronomía, había hecho muy verosímil el heliocentrismo, pero no lo había demostrado. El primer efecto físico observado debido al movimiento de la Tierra fue la aberración estelar encontrada por Bradley en 1725. Más tarde, Bessel mediría la paralaje de una estrella en 1838, y Foucault construiría su famoso péndulo en 1851.

6. Galileo no era un experto en astronomía (como sí lo eran Copérnico y Kepler), y siempre consideró las órbitas de los planetas como circulares. Incluso cuando Kepler le mandó su obra demostrando que las órbitas eran elípticas, la ignoró.

7. Galileo afirmó, efectivamente, que un objeto no sometido a fuerzas se movería indefinidamente. Pero para él, ese movimiento no sería en línea recta, sino en un plano horizontal, o lo que es lo mismo, manteniéndose a distancia constante del centro de la Tierra, y moviéndose por tanto en círculos. Esta inercia circular hacía que no tuviera que buscar explicación para el movimiento de los planetas: su postura en este punto era en la práctica la misma que Aristóteles.

En realidad, las inexactitudes y mitos sobre Galileo van más allá de unos cuantos puntos concretos. Toda su figura está distorsionada de manera peculiar en la imaginación popular, una distorsión que tiene mucho que ver con otra aún mayor: la distorsión con la que se percibe la ciencia.

Seguiremos hablando de esto…

¿Eppur si muove?

Lector: Así que en este libro habla usted de Galileo…

Autor: ¡Claro! Es uno de los personajes más importantes para la historia de la ciencia; en cierto sentido, el más importante de todos… tanto que le dedico dos capítulos.

L.: Entonces contará aquello de “y sin embargo se mueve”. “Eppur si muove”, creo que fue lo que dijo.

A.: Bueno, así se dice en italiano, pero Galileo no lo dijo.

L.: ¿Cómo que no? Precisamente hace poco lo vi en un documental. Pero vamos, lo he oído contar en muchos sitios, y hasta lo he leído en algún libro.

A.: Ya, yo también, pero lo que cuentan esos documentales y esos libros es un mito.

L.: ¿En serio? Pero a mí me parecían libros serios ¿por qué se iban a inventar la historia?

A.: That’s the question… Para empezar, los autores de esos libros no se han inventado la historia. Lo que han hecho es copiarla de otros autores sin cuestionar si era verdad. Esos autores a su vez la copiaron de otros, y así sucesivamente. Funciona un poco como las leyendas urbanas, o como los memes de internet: para que tengan éxito lo de menos es que sean ciertos, lo que hace falta es que sean buenas historias. Que Galileo murmurase entre dientes “eppur si muove” mientras lo sacaban del tribunal de la Inquisición es una buena escena, queda muy cinematográfico. Pero si lo piensa uno, es muy poco creíble: no estaba el horno para bollos en ese momento…

L.: También es verdad… pero entonces, alguien tuvo que inventarse la escena, ¿no?

A.: Claro. No se sabe cual es el origen de la frase; hay quien se la atribuye a un tal Giuseppe Baretti, en un libro que se publicó en 1757, más de cien años después de los acontecimientos. Lo que es seguro es que no aparece en las primeras biografías de Galileo ni en los testimonios de quienes le conocieron personalmente.

L.: Pues es una pena que sea falsa porque es una historia bonita.

A.: ¡Claro, esa es la razón por la que se cuenta una y otra vez! Como dicen los italianos, “se non è vero, e bene trovato”.

L.: Hombre sí, pero cuando leo un libro de ciencia quiero que me cuente la verdad, no historias bonitas.

A.: Entonces tendrá que tener cuidado con los libros sobre Galileo, porque muchos están llenos de leyendas. Por ejemplo, ¿recuerda eso de que se subió a lo alto de la Torre de Pisa para dejar caer esferas de distintos materiales?

L.: ¡Claro! Y así demostró que todos los objetos caen con la misma velocidad, independientemente de su peso. ¿No me diga que esto también es falso?

A.: La conclusión es cierta: la velocidad de caída no depende del material ni del peso del objeto. Pero no lo demostró así; es más, no hay ninguna prueba de que se subiera a la Torre de Pisa para hacer ese experimento. Lo que sí está documentado es que lo hicieron otros… ¡y sacaron la conclusión contraria: que los objetos ligeros caen más despacio!

L.: Hombre, es verdad que algo más despacio sí caen, pero eso es por el rozamiento del aire.

A.: Esa es la explicación actual, pero entonces ese concepto de rozamiento no lo tenían nada claro. El caso es que lo que estrictamente dice el experimento es que la velocidad de caída depende un poco de lo ligero o pesado que sea el objeto. Si dejamos caer a la vez, como a veces se cuenta, dos esferas, una de madera y otra de hierro, la de hierro choca con el suelo un poquito antes.  Para llegar a la conclusión de Galileo no basta simplemente con el experimento, hace falta algo más.

L.: Ya lo veo, pero ¿qué más tenemos, aparte del experimento? Me ha entrado la curiosidad, nunca me habían contado esto así.

A.: Bueno, esto es una pregunta clave, porque nos mete de cabeza en el método científico tal como lo conocemos hoy; que es, en buena medida, un descubrimiento de Galileo… su mayor descubrimiento, en realidad. Suele decirse que en la ciencia todo sale de los experimentos, pero eso es una verdad a medias: ya vimos que el experimento de la Torre de Pisa (que no hizo Galileo pero otros sí hicieron) sólo dice que los cuerpos ligeros caen un poquito más despacio que los pesados. Un  experimento aislado no es ciencia: hay que saber plantearlo y hay que saber interpretarlo. Y para plantearlo bien e interpretarlo bien hace falta una teoría.

L.: ¿O sea, que Galileo, antes de hacer los experimentos, tenía una teoría?

A.: Exactamente, y hacía los experimentos para poner a prueba esa teoría.

L.: ¿Pero de dónde había sacado la teoría si no había hecho experimentos?

A.: Pues… es una historia interesante, bastante más interesante que los mitos que tanto circulan sobre Galileo. Pero aquí ya no me da tiempo a contarla…

L.: Ya sé. Me va a decir que “de eso trata De Tales a Newton”.

A.: Justo: todo el capítulo 7. De eso y de más cosas…