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Historia de la ciencia: ¿es posible ser pop sin ser whig?

No es frecuente tener una hora entera libre para ver una charla sobre historia de la ciencia, pero tal circunstancia es quizá un poco menos improbable en vacaciones… Así que les dejo para el mes de agosto el vídeo de la conferencia que di hace ya seis meses en la Universidad de Navarra: Historia de la ciencia: ¿es posible ser pop sin ser whig?

¿Qué significan esas palabrejas? Bueno, si ven el vídeo lo entenderán…

¡Felices vacaciones!

El “De Tales a Newton” de Steven Weinberg

Que Steven Weinberg, uno de los físicos vivos más notables (y por supuesto premio Nobel) saque un nuevo libro es una noticia. Que ese libro tenga el mismo planteamiento que De Tales a Newton, es, para este blog, un acontecimiento. Como conté en el post anterior, se titula To Explain the World, y ahora toca reseñarlo.

To explain the world

Empiezo con un juicio rápido, para los lectores apresurados. To Explain the World es un gran trabajo, pero para que nadie se llame a engaño hay que hacer dos advertencias: no es un libro para todos los públicos, ni es el libro que esperaríamos de Weinberg. Esto hace que, siendo por momentos magnífico y decididamente recomendable a los interesados en la historia de la ciencia, resulte a la postre una obra un tanto malograda.

Lo que Weinberg quiere, nos lo dice en el prólogo, es entender cómo llegamos a nuestro concepto actual de ciencia. En sus propias palabras, how we came to learn how to learn about the world: cómo aprendimos cómo aprender sobre el mundo. Se centra en la historia de la física y de la astronomía, porque fueron los campos en los que surgió la ciencia moderna, y detiene su recorrido histórico en Newton porque en él ya reconocemos la ciencia actual, plenamente formada.

No puedo estar más de acuerdo con este planteamiento (¡es del de De Tales a Newton!), y Weinberg lo desarrolla con acierto y claridad. Pero, no sé si por voluntad propia o por la de los editores, lo hace sin ecuaciones y, lo que es peor, sin un solo dibujo. Unas y otros han sido relegados a un largo apéndice de “Notas técnicas” al final del libro. Son casi cien páginas (en la edición que he manejado) que desarrollan en detalle aspectos que no son esenciales para la comprensión del texto principal.

El problema es que los aspectos que sí son esenciales se quedan sin fórmulas ni figuras. Y por muy bien que se explique Weinberg (que lo hace muy bien) un lector normal, que llegue al libro sin una idea clara de cosas como los movimientos de los astros en la esfera celeste, el concepto de paralaje estelar o, peor aún, la teoría de las esferas homocéntricas de Eudoxo… se va a perder irremediablemente. Y si el lector deja ser capaz de seguir la lógica interna de los descubrimientos, el libro pierde toda su gracia: se convierte en una historia de la física convencional, tirando a académica.

Lo que nos lleva a nuestra segunda advertencia. De Weinberg esperaríamos una visión más personal, que pusiera en valor su experiencia de físico de primerísima fila. Hay ciertamente observaciones muy interesantes aquí y allá, pero el autor no ha aprovechado la libertad que le otorga no ser historiador para salirse del corsé cronológico y dibujar su tesis con trazos más vigorosos.

Porque sí que hay una tesis: que la ciencia tal como la conocemos no es una visión natural del mundo, sino, por el contrario, el fruto de dos mil años de esfuerzos por entender el mundo, en los que hemos ido aprendiendo qué tipo de preguntas dan respuesta fructíferas y cuáles son los métodos para encontrar esas respuestas. Por ejemplo: las preguntas sobre la finalidad que eran esenciales para Aristóteles no han sido fecundas y las hemos abandonado, igual que los métodos puramente racionalistas de Platón o Descartes.

Podríamos aquí apuntar que Weinberg no matiza que el hecho de que esas preguntas y esos métodos no hayan funcionado en las ciencias naturales no los descalifica en todos los campos del saber humano, que es mucho más amplio. Hay un cientifismo implícito en su planteamiento, pero Weinberg no carga las tintas en la ideología y nosotros tampoco vamos a hacerlo aquí.

Más importante es que la tesis de la “no naturalidad” de la ciencia no se transmita con suficiente fuerza. Weinberg ha optado por explicar la ciencia del pasado usando los conocimientos y marco conceptual del presente. Reconoce que al hacerlo los historiadores le van a acusar de whig (¿qué es esto? véase aquí), pero se defiende argumentado que en la ciencia hay progreso, así que, aunque nuestras teorías actuales no son seguramente las definitivas, sí son indudablemente mejores que las del pasado, y proporcionan por eso un término de comparación adecuado para juzgarlas. Sabemos, por ejemplo, que la ciencia de Aristóteles fue un callejón sin salida, y no sirve para defenderlo alegar, como hacen muchos académicos contemporáneos, que “funcionaba bien para responder a sus preguntas, aunque no a las nuestras” porque hoy sabemos que nuestras preguntas son las pertinentes.

No voy a entrar aquí en el debate whig vs. no whig: se han escrito miles de páginas y no es el momento de añadir una más. Yo no diría que Weinberg peque en exceso de whig en este libro (para saber lo que es un whig de verdad hay que leer a Carl Sagan). Sin embargo, creo que su enfoque malogra su proyecto. Hoy hemos sido educados desde pequeños en la visión de la ciencia moderna. Para entender de verdad lo sorprendente y creativo de esta visión, lo primero es darse cuenta de que hay otros enfoques más naturales y que a priori parecen tan coherentes como el de Newton y Galileo. No basta decir que Aristóteles era muy inteligente y sin embargo veía las cosas de otra manera, como se dice varias veces en el libro. Es cierto, pero son palabras muertas mientras el lector no vea el mundo con los ojos de Aristóteles. Sólo de esa manera entenderá lo revolucionario que fue el punto de vista de la ciencia moderna y lo difícil que fue adoptarlo.

Eso es lo que he intentado hacer en De Tales a Newton. Pero la autopropaganda la dejo para otro post 😉

Copérnico y la Campana de Huesca

De pequeño me gustaban los libros de historia de mis hermanos mayores: estaban llenos de personajes como Guzmán el Bueno, los Reyes Católicos o el General Moscardó, y contaban historias como la batalla de Las Navas de Tolosa o la Campana de Huesca

La campana de Huesca por Casado del Alisal

Cuando me tocó a mí estudiar historia en el colegio ya estábamos en la Transición y los libros habían cambiado. Hablaban del comercio y los recursos naturales, de factores económicos, sociológicos, geográficos… Seguía habiendo reyes y batallas, pero muchas menos, y toda aquella historia de héroes y villanos había desaparecido. Desde entonces, esa ha sido la norma. En todas las materias se ha buscado la objetividad y se ha excluido (al menos en teoría) la propaganda.

Pero los amantes de esa vieja historia esquemática, reconfortante pero falsa, todavía tienen un refugio: los libros de ciencias.

Puede parecer que exagero, pero lo cierto es que quien busque aprender historia en libros como el renombrado Cosmos de Carl Sagan lo que se encontrará son cuentos de buenos y malos como los de Guzmán el Bueno y la Campana de Huesca. Aunque no hay que culpabilizar en exceso a Sagan. Se limitaba a seguir una tradición de “historia whig” que viene del siglo XIX, y que pese a haber sido completamente abandonada por los historiadores profesionales, sigue en pleno vigor en los libros de divulgación: a éstos aún no les ha llegado la Transición.

Quizá el ejemplo más notable es el de la Revolución Copernicana. Me ha gustado encontrarme en el Physics Today (la revista oficial del American Institute of Physics) un artículo de 2007, escrito por el profesor Mano Singham que trata precisamente de esto. Empieza resumiendo la versión popular de la historia:

1. Los antiguos griegos eran grandes filósofos y cartografiaron bien los movimientos de las estrellas y los planetas, pero crearon modelos del universo más influidos por consideraciones filosóficas, estéticas y religiosas que por la observación y la experimentación. La idea de que la Tierra era el centro inmóvil del universo, y que las estrellas y los planetas estaban incrustados en esferas que giraban alrededor de la Tierra, les gustaba porque el círculo y la esfera son las formas geométricas más perfectas.

2. En la era cristiana, el modelo también complació la gente religiosa porque le dio un lugar de honor a los seres humanos, que eran la creación especial de Dios. El prestigio de los filósofos griegos como Aristóteles era tan grande, y el compromiso con la doctrina religiosa tan fuerte, que muchos estudiosos tercamente trataron de mantener la astronomía ptolemaica, aunque hubiera que añadir epiciclos cada vez más complicados para que el sistema funcionara medianamente bien.

3. Por eso, cuando Copérnico llegó con el sistema heliocéntrico correcta, la Iglesia Católica se opuso ferozmente a sus ideas, ya que desplazaban a la Tierra del centro. Esto se veía como un descenso de categoría para los seres humanos, además de ser contrario a las enseñanzas de Aristóteles. Por lo tanto la Inquisición persiguió, torturó e incluso mató a aquellos que defendían las ideas de Copérnico. Debido a la adhesión de la iglesia al dogma filosófico y religioso, el progreso científico se retrasó un milenio.

4. Fue finalmente el trabajo de Tycho Brahe (1546-1601), Johannes Kepler (1571-1630), Galileo Galilei (1564-1642), e Isaac Newton (1642-1727), que finalmente condujo a la aceptación del heliocentrismo.

Pues bien, se pregunta el autor: ¿Qué parte de la historia es cierta? El último punto y poco más, nos dice. En realidad, la versión que todo el mundo conoce de la historia de Copérnico, repetida miles de veces en los libros del colegio, se parece muy poco a la historia real. Es más bien una pieza de cultura popular, un ejemplo de cómo el folclore puede sustituir a la historia real.

Quizá va siendo ya hora de que también en los libros de ciencias eliminemos el folclore y contemos una historia más real. Más complicada quizá, pero mucho más interesante.

Lector: ¿De eso trata “De Tales a Newton”?

Autor: De eso y de más cosas…

Por qué los whigs no pueden entender la ciencia

Lector: Curioso título, pero para que lo entienda tendrá que explicármelo… ¿Quiénes son los whigs?¿Alguna tribu?

Autor: ¿Ha oído hablar de los Tories?

L.: ¿Los conservadores británicos?

A.: Eso es. Pues los whigs son, históricamente, el otro gran partido político británico, aunque luego se convirtió en el partido Liberal y perdió influencia.

L.: Pero ¿es que vamos a hablar de política? ¿Y qué es eso de que los liberales no pueden entender la ciencia?

A.: Tranquilo, de política ya hablan bastante en la tele. Lo que pasa es que “whig” se ha convertido en un término técnico de historia de la ciencia.

L.: ¿Y eso?

A.: Bueno, la cosa viene del siglo XIX, cuando Britannia rulaba las olas 🙂 y los súbditos de la Reina Victoria, sobre todo los whigs,  estaban convencidos de que eran la cumbre de la civilización. No sólo eso, sino que para ellos toda la historia había tenido un hilo conductor y un objetivo: producir el gentleman de  bombín y paraguas.

L.: Una mentalidad un poco pretenciosa…

A.: Pues sí, y eso que no hemos entrado en lo que pensaban sobre los “salvajes” de otras razas. La teoría de la evolución echó más leña al fuego, porque parecía demostrar que había un progreso continuo del mono al hombre propiamente dicho (el del bombín), pasando por el salvaje en taparrabos que vivía en las colonias.

Evolución2

L.: Vale, pero esto ¿qué tiene que ver con entender la ciencia?

A.: La cuestión es que un célebre historiador , Sir Herbert Butterfield, acusó a la mayoría de los autores de presentar la historia de la ciencia con esa mentalidad whig, y parece que dio en el clavo porque la expresión “historia whig” hizo fortuna (tiene hasta una extensa entrada en la Wikipedia). Butterfield criticaba que los victorianos del bombín tenían esa concepción del mundo porque no sabían salir de su punto de vista y mirar con los ojos de otras culturas. Los despreciaban automáticamente como “salvajes” y, como mucho, aceptaban que eran un estadio atrasado de la humanidad. Estos autores escribían la historia “de delante a atrás” y sólo valoraban en el pasado, o en otras culturas, a los que podían pasar por precursores de su propia visión del mundo.  Pero un buen historiador, según Butterfield, debería ver las cosas con los ojos de la época, porque esa es la única manera de entender lo que pasó.

L.: Creo que ya veo la relación con la historia de la ciencia. Normalmente sólo se considera correcta la ciencia actual y los únicos científicos que se valoran son los precursores de nuestras teorías actuales. ¿Es eso?

A.: Efectivamente: prácticamente todos los libros de divulgación están escritos “de delante a atrás” y cuando hablan del pasado sólo les interesan los científicos que “acertaron” con la teoría correcta… correcta según nuestros criterios actuales, claro.

L.: Bueno, será correcta a secas, ¿no? Porque la ciencia es objetiva…¿no será usted uno de esos relativistas posmodernos?

A.: Nooo… tranquilo. Pero adonde quiero ir a parar es que con ese enfoque no se puede entender nada de cómo funciona la ciencia. En cada momento, los científicos tenían que juzgar en base a la evidencia de la que disponían en su época, y con su mentalidad. Pero al contarnos la historia como nos la cuentan, al modo whig, nos falta por completo ese elemento de juicio.  Entonces nuestros precursores (por ejemplo, Aristarco, que dijo que la Tierra gira alrededor del Sol en el siglo III a.d.C) parecen unos genios incomprendidos y los “grandes” de la época (por ejemplo, Tolomeo, que era geocentrista) resultan unos zotes de tal calibre que sólo se puede entender su éxito por razones turbias: o bien los antiguos eran tontos (no como nosotros) o bien alguna conspiración contra la verdad impidió el triunfo de los buenos.  Por eso digo que los whigs no pueden entender la ciencia. Cuando uno juzga las cosas desde el punto de vista de la época se lleva muchas sorpresas, y es cuando empieza a entender la dinámica de la ciencia.

L.: ¿De eso trata “De Tales a Newton”?

A.: De eso y de más cosas…